January 2007


Alejada de la frialdad matemática de The Warriors pero manteniendo esa extraña perfección formal que caracteriza su mejor cine, Walter Hill programó en Southern Comfort un regreso a las cavernas de los instintos y la barbarie, un viaje fantasmagórico y sin sentido al corazón de las tinieblas de esos pantanos de Louisana que ya pisara Nicholas Ray en su desconocida y de culto Muerte en los pantanos, claro que ahora ya no son piratas como de otro tiempo los objetos de la amenaza sino esquivos y violentos cajuns (tan invisibles y peligrosos como los árabes de la muy influyente La patrulla perdida, de Ford). Ese pequeño microcosmos, definido con criterio minimalista y frases de antología, que retrata con furia contenida y una sostenida mirada lírica de revulsivo poder evocador el señor Hill bien pudiera funcionar como correlato crítico a la locura del Vietnam, pero personalmente creo que su mérito radica en esa profunda, por prescindir de tesis racionalistas y demás zarandajas, reflexión sobre la condición más primaria del ser humano, despojado de todo aquello que lo une a la civilización para que pueda enfrentarse a pecho descubierto con su propio naturaleza animal: como bestias sin rumbo, los protagonistas de esta pesadilla (Deliverance sin el componente ecologista) deberán sacar a la luz su instinto depredador para sobrevivir. Así, sin freno y sin aliento, pasa algo más de hora y media de espectáculo viril y tensión bien administrada, devolviendo al sur su componente más paleto y tenebroso y descubriéndonos un proceso de descomposición moral que pudiera ser el nuestro en otras circunstancias. Porque lo que verdaderamente importa no es el porqué de tanta sangre derramada, sino la ausencia de moral que ello implica. Como en La presa, del también salvaje William Friedkin, Southern Comfort es un survivor film que no propone preguntas ni ofrece respuestas, y que por eso mismo resulta tan inquietante y difícil de olvidar.

Southern Comfort, de Walter Hill (1981). Guión de Michael Kane, Walter Hill y David Giller. Interpretada por Keith Carradine, Powers Boothe, Fred Ward, Franklyn Seales, T.K. Carter, Lewis Smith, Les Lannom, Peter Coyote, Alan Autry (acreditado como Carlos Brown) y Brion James.

Hábil analista de los anhelos y carencias del ser humano contemporáneo, renovador juguetón y talentoso de la narrativa breve y afilado cronista del desconcierto moral y vital que atraviesa su país (Israel), la literatura de Etgar Keret es un puzzle caleidoscópico y personalísimo de ideas y sensaciones, preciso como el mecanismo de una bomba de relojería, abundante en frases redondas y epigramáticas, y tan conseguido en sus aciertos que es habitual sentir un escalofrío recorriendo el espinazo al finalizar algunas de las historias que componen este extraordinario volumen titulado La chica sobre la nevera. Su baza se juega a varios niveles: el humor negro y absurdo de Kafka, la perversión de lo cotidiano de Carlos Williams, la sutileza de Carver y el profundo, lacerante humanismo del mejor Cheever. La mirada que lanza al conflicto palestino-israelí (Listo para disparar, Aceras) es de las más inteligentes, complejas y sin embargo esclarecedoras que he leído jamás; cuando se acerca al legado del holocausto golpea con dureza (Lengua extranjera) pero también atisba posibles y cabales soluciones (Las zapatillas de deporte); si toca el amor (Echo de menos a Kissinger, La novia de Korbi, Venus me sale rana, A través de las paredes), lo hace con una combinación de fiereza y ternura tan divertida como en el fondo descorazonadora; y cuando se acerca al pathos generacional contemporáneo (El verdadero campeón de los juegos preolímpicos, Gotas, Un agujero en la pared), el sentimiento de soledad directamente te moja, te empapa, y con una clase tal que incluso se permite el lujo de recurrir a paradojas, simbolismos y juegos lingüísticos varios sin caer en la vacuidad postmodernista de algunos de los de su quinta; eso si no le da por el componente macabro, como en El truco del sombrero, probablemente la más certera y negra alegoría sobre el cambio de los vientos escrita en lo que va de siglo. Surrealismo, fantasía, melancolía, tristeza, desesperación, lucidez, inocencia…, son sólo algunas de las palabras que invoca en estas narraciones magistrales, que atrapan como un imán con su carga de ironía y su gusto por el giro dramático inteligente, y que permanecerán en la memoria, creciendo, mucho, muchísimo tiempo. Absolutamente recomendado a todo aquel que no quiera perderse una de las obras más deslumbrantes de la cuentística moderna.

La forja de un héroe es un proceso complicado, y no tiene tanto que ver con las (necesarias, por otra parte) habilidades físicas del héroe en cuestión como con la fortaleza mental que presente. Fortaleza mental que atañe a la capacidad de elección, la estrategia, una concepción nítida del bien y del mal (o, en su defecto, de lo correcto o no de nuestras acciones) y un código de honor y lealtad justo e inflexible; en definitiva, un cómputo global de aquello que podemos llama sabiduría. En la filmografía del japonés Hiroshi Inagaki abundan muchos de estos héroes, pero donde encontramos una descripción más amplia y pormenorizada de su gestación es probablemente en su trilogía sobre Musashi Miyamoto, iniciada en 1954 y protagonizada por el inmenso Toshiro Mifune. No es casual que ganara el Oscar a la mejor película extranjera en su momento, y los motivos de dicha victoria los sitúo en su inteligente apropiación de ciertos modelos narrativos estadounidenses que no implican una renuncia de personalidad (hay mucho Kurosawa aquí, aunque ¿acaso no era Kurosawa el más occidental de todos los directores orientales?), cimentando su narración en un ritmo intenso, infatigable, y en una puesta en escena de una riqueza plástica asombrosa (esas deliciosas tormentas pintadas en el cielo). El paisaje enriquece el relato y lo dota de profundidad estética, pero el pálpito de la emoción resuena bajo la piel de los personajes, figuras pintadas a carbón de sólida escritura pero abiertas a los aprendizajes de la vida.

La historia no es nueva y no la voy a contar aquí: únicamente apuntaré algunos de los elementos que combina su director y guionista para convocar la emoción y el fulgor de la aventura sin que chirríe el conjunto por alguno de sus vértices. Hay, primeramente, un complejo entramado de relaciones humanas que actúan a modo de iceberg, ocultando más de lo que se ve a simple vista y de lo que ellos mismos están dispuestos a aceptar: amistad (quizás traicionada, quizás no), amor, ambición…, sentires cruzados ante la arbitrariedad de los acontecimientos, pero sin llegar a perder de vista el sentido del humor ni precipitarse de lleno en las simas de la tragedia. Inicialmente, es un afán de fama y reconocimiento lo que impulsa a los personajes protagonistas al peligro de la batalla, para luego bifurcar sus trayectorias (en todos los sentidos) y enfrentarlos a sus propios anhelos y debilidades (los de la soberbia y los de la carne). Hay ecos a los Cuentos de la luna pálida de Mizoguchi y a Los siete samuráis (de hecho Mifune adopta el carisma del osado guerrero que interpretara en el clásico de Kurosawa), incluso al western americano (atención a la banda sonora), por eso de que los samuráis son el reflejo asiático de los pistoleros del Oeste, y es en esa amalgama génerica y estética donde halla su razón de ser la historia del aprendizaje de Takezo para acabar convirtiéndose en el temible Musashi Miyamoto (hablamos casi de la configuración de un mito de la cultura popular que estaba empezando a dar sus primeros pasos). Por el camino se armará de valor, derramará sangre, aprenderá a desconfiar, encontrará el odio como recompensa a la amistad y forzará huidas imposibles cuando se vea Acorralado (¿vio Ted Kotcheff esta película?). Es parte de la formación, y como tal certifica el sentido último de una buena película de aventuras: el protagonista debe actuar, debe enfrentarse a mil y una adversidades, para en última instancia evolucionar, crecer interiormente y seguir su camino, presumiblemente incierto y enrevesado. Y es que nadie dijo que ser un héroe fuera algo sencillo.

Miyamoto Musashi, de Hiroshi Inagaki (1954). Guión de Hideji Hojo, Hiroshi Inagaki y Tokuhei Wakao, basado en la novela de Eiji Yoshikawa. Interpretada por Toshirô Mifune, Rentaro Mikuni, Kuroemon Onoe, Kaoru Yachigusa, Mariko Okada, Mitsuko Mito, Eiko Miyoshi, Akihiko Irata, Kusuo Abe, Eitarô Ozawa, Akira Tani y Seijiro Onda.