La forja de un héroe es un proceso complicado, y no tiene tanto que ver con las (necesarias, por otra parte) habilidades físicas del héroe en cuestión como con la fortaleza mental que presente. Fortaleza mental que atañe a la capacidad de elección, la estrategia, una concepción nítida del bien y del mal (o, en su defecto, de lo correcto o no de nuestras acciones) y un código de honor y lealtad justo e inflexible; en definitiva, un cómputo global de aquello que podemos llama sabiduría. En la filmografía del japonés Hiroshi Inagaki abundan muchos de estos héroes, pero donde encontramos una descripción más amplia y pormenorizada de su gestación es probablemente en su trilogía sobre Musashi Miyamoto, iniciada en 1954 y protagonizada por el inmenso Toshiro Mifune. No es casual que ganara el Oscar a la mejor película extranjera en su momento, y los motivos de dicha victoria los sitúo en su inteligente apropiación de ciertos modelos narrativos estadounidenses que no implican una renuncia de personalidad (hay mucho Kurosawa aquí, aunque ¿acaso no era Kurosawa el más occidental de todos los directores orientales?), cimentando su narración en un ritmo intenso, infatigable, y en una puesta en escena de una riqueza plástica asombrosa (esas deliciosas tormentas pintadas en el cielo). El paisaje enriquece el relato y lo dota de profundidad estética, pero el pálpito de la emoción resuena bajo la piel de los personajes, figuras pintadas a carbón de sólida escritura pero abiertas a los aprendizajes de la vida.

La historia no es nueva y no la voy a contar aquí: únicamente apuntaré algunos de los elementos que combina su director y guionista para convocar la emoción y el fulgor de la aventura sin que chirríe el conjunto por alguno de sus vértices. Hay, primeramente, un complejo entramado de relaciones humanas que actúan a modo de iceberg, ocultando más de lo que se ve a simple vista y de lo que ellos mismos están dispuestos a aceptar: amistad (quizás traicionada, quizás no), amor, ambición…, sentires cruzados ante la arbitrariedad de los acontecimientos, pero sin llegar a perder de vista el sentido del humor ni precipitarse de lleno en las simas de la tragedia. Inicialmente, es un afán de fama y reconocimiento lo que impulsa a los personajes protagonistas al peligro de la batalla, para luego bifurcar sus trayectorias (en todos los sentidos) y enfrentarlos a sus propios anhelos y debilidades (los de la soberbia y los de la carne). Hay ecos a los Cuentos de la luna pálida de Mizoguchi y a Los siete samuráis (de hecho Mifune adopta el carisma del osado guerrero que interpretara en el clásico de Kurosawa), incluso al western americano (atención a la banda sonora), por eso de que los samuráis son el reflejo asiático de los pistoleros del Oeste, y es en esa amalgama génerica y estética donde halla su razón de ser la historia del aprendizaje de Takezo para acabar convirtiéndose en el temible Musashi Miyamoto (hablamos casi de la configuración de un mito de la cultura popular que estaba empezando a dar sus primeros pasos). Por el camino se armará de valor, derramará sangre, aprenderá a desconfiar, encontrará el odio como recompensa a la amistad y forzará huidas imposibles cuando se vea Acorralado (¿vio Ted Kotcheff esta película?). Es parte de la formación, y como tal certifica el sentido último de una buena película de aventuras: el protagonista debe actuar, debe enfrentarse a mil y una adversidades, para en última instancia evolucionar, crecer interiormente y seguir su camino, presumiblemente incierto y enrevesado. Y es que nadie dijo que ser un héroe fuera algo sencillo.

Miyamoto Musashi, de Hiroshi Inagaki (1954). Guión de Hideji Hojo, Hiroshi Inagaki y Tokuhei Wakao, basado en la novela de Eiji Yoshikawa. Interpretada por Toshirô Mifune, Rentaro Mikuni, Kuroemon Onoe, Kaoru Yachigusa, Mariko Okada, Mitsuko Mito, Eiko Miyoshi, Akihiko Irata, Kusuo Abe, Eitarô Ozawa, Akira Tani y Seijiro Onda.

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