February 2007


Sabía que Lobo Antunes era bueno, pero no hasta ese punto. Memoria de elefante es la primera novela que publicó y es la primera suya que he leído. Supongo que no es una obra maestra, pero me ha dejado tocado. Conmocionado, incluso. Si el portugués no es un clásico todavía (su nombre suena para el Nobel, así que quizás ya lo sea), no le queda mucho para serlo, por una razón: propone una forma de escritura insólita y tremendamente personal, una voz que no para de cuestionarse a sí misma al tiempo que abre mil frentes interrogativos en los que perderse o morir. Se podrá intentar imitar su estilo, pero el resultado será una copia de difuso parecido. En su universo literario se entra con temor y a trompicones, machete en mano dispuesto a despejar un camino plagado de adjetivaciones sin fin que en otro autor serían motivo de lapidación crítica, pero que en el caso de Antunes se soluciona con una precisión quirúrgica que provoca perplejidad y admiración a partes iguales. Sirva como ejemplo una de las muchas descripciones que hace el protagonista de su estado vital: “usted se encuentra […] ante el mayor espeleólogo de la depresión: ocho mil metros de profundidad oceánica de la tristeza, negrura de aguas gelatinosas sin vida salvo algún que otro repugnante monstruo sublunar con antenas, y todo esto sin batiscafo, sin escafandra, sin oxígeno, lo que significa, obviamente, que agonizo”.

Emparentado temáticamente con el existencialismo herido de Camus y otros, sin embargo su prosa, recurrente en párrafos infinitos que te dejan sin aliento, me remite a una forma elástica e imprevisible de narrar que sólo he disfrutado en el Cortázar de Rayuela y (bajando varios escalones cualitativos) en la literatura profundamente psicológica de Javier Marías, con quien comparte el afán proustiano de descomponer un fragmento de la realidad en decenas de cuadros memorísticos, gracias a unos paréntesis que se expanden quilométricamente impulsados por un sencillo motivo del presente (no una magdalena, pero sí una sonrisa, unos helados) provocando el desalojo del nivel principal del relato para habitar los espacios, con forma de laberinto circular, del recuerdo y la memoria, reacia a desaparecer y manifestada en un puñado de imágenes de pretérita y deseable felicidad que no son otro cosa que la forma que tiene el tiempo de reírse del presente gris y deprimente que asfixia al protagonista-narrador. La carga biográfica es abundante, de ahí que se revalorice aún más la voluntad de sinceridad que, entre ironías y lamentos, expone este personaje, y los excesos que dificultan la fluidez total de la lectura se salvan intercalando fragmentos de una perfección formal estremecedora. Lo mejor, cuando el autor satiriza a costa de las convenciones y formalidades que conciernen a todo ser humano y cuando fusiona en un mismo y apasionado discurso la necesidad de redención y amor con el sufrimiento que él mismo vio/sintió en su estancia en África (lo que me recuerda que debo hacerme cuanto antes con En el culo del mundo, donde recoge su experiencia como médico en Angola; al parecer, un texto terrorífico).

Patetismo vital y desnudez emocional dan forma a esta obra, lentamente, hasta completar un contradictorio retrato de un hombre al borde de sí mismo, punto y final para un libro tal vez un poco irregular, pero en el fondo profundamente fascinante. No sería exagerado afirmar que nos encontramos ante el mejor escritor vivo del mundo.

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El cine de zombies nació para vencer nuestro temor más arraigado: el miedo a la muerte. ¿Cómo? Demostrándonos que vivir eternamente equivale a ser un descerebrado hambriento de carne humana, por lo que más nos vale aceptar lo inevitable y dormir el sueño de los justos sin rechistar. El Frankenstein de Mary Shelley es también una negación de la idea de inmortalidad: si bien posible, va ligada a la locura (de un científico que se cree Dios) además de suponer un atentado contra la naturaleza y una tortura para quien la padece, de tal modo que el propio monstruo acababa en la obra anhelando su no-existencia previa (al igual que un suicida deseó no haber salido jamás del confort del útero materno). Que Shelley y cía. (su marido el poeta Percy Bysshe Shelley y lord Byron) no eran mancos intelectualmente hablando es un hecho evidente, por eso no extraña que el mito creado por la autora británica en esos días lluviosos aspirara a ser algo más que el cuento más terrorífico jamás escrito (requisito inicial de la apuesta entre los tres escritores) para convertirse en una reflexión plena y compleja de la angustia que nos provoca la finitud; en efecto, Mary Shelley hizo filosofía mientras jugaba a hacer terror. Sería absurdo abordar este encantador film de Gary Sherman esbozando lecturas de carácter filosófico o existencial, pero también resulta igualmente injusto englobarlo en esa tendencia ochentera marcada por la superficialidad y el chorretón de sangre como mayor seña distintiva.

Al pensar en Dead and buried (joder, qué buen título) me vienen a la memoria films que se distanciaron de una forma u otra de la masa generalmente uniforme e indistinguible de cine de terror de los 80, al igual que el Dr. Phibes y Scream se desmarcaron del resto en los 70 y 90 respectivamente: títulos como Un hombre lobo americano en Londres, Poltergeist, En compañía de lobos o Society hicieron de su singularidad su principal mérito, de ahí que hayan alcanzado la perdurabilidad que otorga la condición de clásicos. Ya sean provenientes de la serie A o de la serie B (yo la situaría más cerca de Society que del resto, por ejemplo), lo que finalmente llama la atención es su vocación de originalidad, de trascender materiales manidos e incluso de derribo para crear un artefacto con vida propia, tan deliciosamente camp en forma y espíritu como ese doctor Phibes empecinado en vengar a su amada a través de un montón de gadgets dignos del Chuck Jones del Correcaminos. Vale, admito que quizás cinematográficamente la obra no sea tan brillante como algunas de las que he citado con anterioridad (el guión, tan tramposo como efectivo, presenta indefiniciones y contrasentidos), pero su aura termina brillando con una luz propia tan cegadora y personal que casi es una indecencia achacarle este tipo de defectos.

Sobre el argumento mejor desvelar poco, porque una de sus mayores virtudes reside en la atrapadora progresión de su narrativa, ya electrizante desde su antológica secuencia inicial. Sherman, dignísimo artesano relegado al ámbito televisivo (y autor de la muy infravalorada tercera parte de Poltergeist, precisamente), es un hacha pincelando estampas inquietantes con colectivos chungos de dudosas intenciones, y aplica su sabiduría terrorífica a la magnífica labor de ese compinche genial en los FX llamado Stan Winston para concebir imágenes poderosísimas (la reconstrucción del cadáver) y enfatizar el poder sugestivo de ese gran libreto (por lo que tiene de artero y renovador) de Dan O’Bannon y Ronald Shusett, artífices de Alien dos años antes. Si a esto le sumemos un tramo final de un “bizarrismo” poético conmovedor y un desenlace (copiado mil veces después) que ya forma parte de la Historia del género, pues nos quedará esta rara cinta de miedos y obsesiones, que suple lo descuidado de su factura formal (comparado, qué sé yo, con la precisión de un John Carpenter) con penetrantes cavilaciones sobre el significado del Más Allá enquistado en el Más Acá. Mary Shelley ya intuía que algo así tenía que resultar por fuerza espantoso y aterrador. Y no se equivocaba…

Dead and buried, de Gary Sherman (1981). Guión de Dan O’Bannon y Ronald Shusett basado en una historia de Alex Stern y Jeff Millar. Interpretada por James Farentino, Melody Anderson, Jack Albertson, Dennis Redfield, Nancy Locke Hauser, Lisa Blount y Robert Englund.