El cine de zombies nació para vencer nuestro temor más arraigado: el miedo a la muerte. ¿Cómo? Demostrándonos que vivir eternamente equivale a ser un descerebrado hambriento de carne humana, por lo que más nos vale aceptar lo inevitable y dormir el sueño de los justos sin rechistar. El Frankenstein de Mary Shelley es también una negación de la idea de inmortalidad: si bien posible, va ligada a la locura (de un científico que se cree Dios) además de suponer un atentado contra la naturaleza y una tortura para quien la padece, de tal modo que el propio monstruo acababa en la obra anhelando su no-existencia previa (al igual que un suicida deseó no haber salido jamás del confort del útero materno). Que Shelley y cía. (su marido el poeta Percy Bysshe Shelley y lord Byron) no eran mancos intelectualmente hablando es un hecho evidente, por eso no extraña que el mito creado por la autora británica en esos días lluviosos aspirara a ser algo más que el cuento más terrorífico jamás escrito (requisito inicial de la apuesta entre los tres escritores) para convertirse en una reflexión plena y compleja de la angustia que nos provoca la finitud; en efecto, Mary Shelley hizo filosofía mientras jugaba a hacer terror. Sería absurdo abordar este encantador film de Gary Sherman esbozando lecturas de carácter filosófico o existencial, pero también resulta igualmente injusto englobarlo en esa tendencia ochentera marcada por la superficialidad y el chorretón de sangre como mayor seña distintiva.

Al pensar en Dead and buried (joder, qué buen título) me vienen a la memoria films que se distanciaron de una forma u otra de la masa generalmente uniforme e indistinguible de cine de terror de los 80, al igual que el Dr. Phibes y Scream se desmarcaron del resto en los 70 y 90 respectivamente: títulos como Un hombre lobo americano en Londres, Poltergeist, En compañía de lobos o Society hicieron de su singularidad su principal mérito, de ahí que hayan alcanzado la perdurabilidad que otorga la condición de clásicos. Ya sean provenientes de la serie A o de la serie B (yo la situaría más cerca de Society que del resto, por ejemplo), lo que finalmente llama la atención es su vocación de originalidad, de trascender materiales manidos e incluso de derribo para crear un artefacto con vida propia, tan deliciosamente camp en forma y espíritu como ese doctor Phibes empecinado en vengar a su amada a través de un montón de gadgets dignos del Chuck Jones del Correcaminos. Vale, admito que quizás cinematográficamente la obra no sea tan brillante como algunas de las que he citado con anterioridad (el guión, tan tramposo como efectivo, presenta indefiniciones y contrasentidos), pero su aura termina brillando con una luz propia tan cegadora y personal que casi es una indecencia achacarle este tipo de defectos.

Sobre el argumento mejor desvelar poco, porque una de sus mayores virtudes reside en la atrapadora progresión de su narrativa, ya electrizante desde su antológica secuencia inicial. Sherman, dignísimo artesano relegado al ámbito televisivo (y autor de la muy infravalorada tercera parte de Poltergeist, precisamente), es un hacha pincelando estampas inquietantes con colectivos chungos de dudosas intenciones, y aplica su sabiduría terrorífica a la magnífica labor de ese compinche genial en los FX llamado Stan Winston para concebir imágenes poderosísimas (la reconstrucción del cadáver) y enfatizar el poder sugestivo de ese gran libreto (por lo que tiene de artero y renovador) de Dan O’Bannon y Ronald Shusett, artífices de Alien dos años antes. Si a esto le sumemos un tramo final de un “bizarrismo” poético conmovedor y un desenlace (copiado mil veces después) que ya forma parte de la Historia del género, pues nos quedará esta rara cinta de miedos y obsesiones, que suple lo descuidado de su factura formal (comparado, qué sé yo, con la precisión de un John Carpenter) con penetrantes cavilaciones sobre el significado del Más Allá enquistado en el Más Acá. Mary Shelley ya intuía que algo así tenía que resultar por fuerza espantoso y aterrador. Y no se equivocaba…

Dead and buried, de Gary Sherman (1981). Guión de Dan O’Bannon y Ronald Shusett basado en una historia de Alex Stern y Jeff Millar. Interpretada por James Farentino, Melody Anderson, Jack Albertson, Dennis Redfield, Nancy Locke Hauser, Lisa Blount y Robert Englund.

Advertisements