Sabía que Lobo Antunes era bueno, pero no hasta ese punto. Memoria de elefante es la primera novela que publicó y es la primera suya que he leído. Supongo que no es una obra maestra, pero me ha dejado tocado. Conmocionado, incluso. Si el portugués no es un clásico todavía (su nombre suena para el Nobel, así que quizás ya lo sea), no le queda mucho para serlo, por una razón: propone una forma de escritura insólita y tremendamente personal, una voz que no para de cuestionarse a sí misma al tiempo que abre mil frentes interrogativos en los que perderse o morir. Se podrá intentar imitar su estilo, pero el resultado será una copia de difuso parecido. En su universo literario se entra con temor y a trompicones, machete en mano dispuesto a despejar un camino plagado de adjetivaciones sin fin que en otro autor serían motivo de lapidación crítica, pero que en el caso de Antunes se soluciona con una precisión quirúrgica que provoca perplejidad y admiración a partes iguales. Sirva como ejemplo una de las muchas descripciones que hace el protagonista de su estado vital: “usted se encuentra […] ante el mayor espeleólogo de la depresión: ocho mil metros de profundidad oceánica de la tristeza, negrura de aguas gelatinosas sin vida salvo algún que otro repugnante monstruo sublunar con antenas, y todo esto sin batiscafo, sin escafandra, sin oxígeno, lo que significa, obviamente, que agonizo”.

Emparentado temáticamente con el existencialismo herido de Camus y otros, sin embargo su prosa, recurrente en párrafos infinitos que te dejan sin aliento, me remite a una forma elástica e imprevisible de narrar que sólo he disfrutado en el Cortázar de Rayuela y (bajando varios escalones cualitativos) en la literatura profundamente psicológica de Javier Marías, con quien comparte el afán proustiano de descomponer un fragmento de la realidad en decenas de cuadros memorísticos, gracias a unos paréntesis que se expanden quilométricamente impulsados por un sencillo motivo del presente (no una magdalena, pero sí una sonrisa, unos helados) provocando el desalojo del nivel principal del relato para habitar los espacios, con forma de laberinto circular, del recuerdo y la memoria, reacia a desaparecer y manifestada en un puñado de imágenes de pretérita y deseable felicidad que no son otro cosa que la forma que tiene el tiempo de reírse del presente gris y deprimente que asfixia al protagonista-narrador. La carga biográfica es abundante, de ahí que se revalorice aún más la voluntad de sinceridad que, entre ironías y lamentos, expone este personaje, y los excesos que dificultan la fluidez total de la lectura se salvan intercalando fragmentos de una perfección formal estremecedora. Lo mejor, cuando el autor satiriza a costa de las convenciones y formalidades que conciernen a todo ser humano y cuando fusiona en un mismo y apasionado discurso la necesidad de redención y amor con el sufrimiento que él mismo vio/sintió en su estancia en África (lo que me recuerda que debo hacerme cuanto antes con En el culo del mundo, donde recoge su experiencia como médico en Angola; al parecer, un texto terrorífico).

Patetismo vital y desnudez emocional dan forma a esta obra, lentamente, hasta completar un contradictorio retrato de un hombre al borde de sí mismo, punto y final para un libro tal vez un poco irregular, pero en el fondo profundamente fascinante. No sería exagerado afirmar que nos encontramos ante el mejor escritor vivo del mundo.

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