May 2007


Cuando la autodestrucción entra en el corazón, al principio parece apenas un grano de arena. Es como una jaqueca, una indigestión leve, un dedo infectado; pero pierdes el de las 8.20 y llegas tarde para solicitar un aumento de crédito. El viejo amigo con quien vas a comer de repente agota tu paciencia y para mostrarte amable te tomas tres copas, pero el día ya ha perdido forma, sentido y significado. Para recuperar cierta intencionalidad y belleza bebes demasiado en las reuniones, te propasas con la mujer de otro y acabas por cometer una tontería obscena y a la mañana siguiente desearías estar muerto. Pero cuando tratas de repasar el camino que te ha conducido a este abismo, sólo encuentras el grano de arena.

Diarios de John Cheever es uno de esos escasísimos libros (yo apenas he leído más de cinco así) en los que absolutamente todo lo que contienen merece la pena. Cosa rara, porque hablamos de las anotaciones que el autor escribió de forma sistemática a lo largo de sus últimos cuarenta años de vida. Día a día, Cheever se vaciaba en un diario personal que su editor y amigo Robert Gottlieb ha resumido y recopilado más o menos de forma cronológica (digo más o menos porque las anotaciones carecen en su mayoría de fecha) para el disfrute curioso de cualquier admirador del autor de Crónica de los Wapshot. Lo que el lector probablemente no esperaba es encontrarse con un ejemplar de alta literatura tan impresionante como este. Reiterativo, sí, pero sólo en la medida en que cualquier vida es pura reiteración. De hecho ahí puede estar la clave para entenderlo: la repetición como proceso de sedimentación ideológica y sentimental. El resultado trasciende el componente literario para hundir sus raíces en el pensamiento de una de las mentes más brillantes que ha conocido el siglo XX.

Contradictorio, frágil, egocéntrico, atormentado, humilde… La personalidad de Cheever aparece refractada en cientos de fragmentos de diferente condición en los que la reflexión pura y dura (sobre sí mismo, sobre la creación literaria, sobre el amor, la autodestrucción, el sexo, la muerte…) se combina con el relato tranquilo y sincero del transcurrir vital del autor, a veces centrado en los pequeños detalles (un paseo por el campo, la forma que tiene la luz de reflejarse sobre la nieve), otras muchas analizando sin tapujos su relación con su esposa, sus hijos, sus amantes o sus editores literarios. Antes he comentado lo sincero de la exposición, y es este un adjetivo a remarcar para entender la importancia de esta magna obra póstuma. Porque Diarios es ante todo el compromiso de un escritor con su propia obra y consigo mismo. El doloroso reconocimiento interior al que se somete (aún a riesgo de herir a aquellos a quienes más quiere: un hecho constatable) es el peaje que ha de pagar para acercarse a la verdad absoluta en un mar de palabras que en manos ajenas hubiera dado pie a un autoindulgente retrato en primera persona con más ganas de deslumbrar a terceros que de alumbrar el fondo propio. Y es esta búsqueda sin tregua de la verdad absoluta (inalcanzable, pues adquiere muchas formas y nunca para quieta) lo que hace apasionante este recorrido íntimo por toda una vida, auténtico ejemplo de los caminos que ha de transitar el arte del diario, como bien apunta el escritor argentino Alan Pauls: “Los diarios de Cheever son el colmo del género. Lo tienen todo: son extensos, nada displicentes (nos proporcionan momentos de la mejor prosa de Cheever), escandalosos….”

Diarios es también un libro que debe estar ahí: de esos que, una vez leídos, uno coge de la estantería y abre al azar para enriquecerse con el primer párrafo que salte a la vista. En otras palabras: es un libro que crea dependencia. Por su lucidez, su belleza y su extraordinaria economía expresiva. En Cheever estos se traduce en la palabra justa. Nada sobra ni falta cuando escribe. La comunión entre cerebro y corazón es invisible, pero uno la percibe como la sangre bajo la piel. Tan pronto leemos una confesión amarga sobre la imposibilidad de prescindir del alcohol como nos topamos con una iluminada y positiva reflexión sobre la existencia. El optimismo y el pesimismo son las dos caras de una misma moneda en Cheever, y como tal bendicen con sus luces y sombras unos escritos que son pura duda y vitalismo más forzado que real: el único combustible para aguantar un día más. Desgraciadamente, el desaliento y la sensación de cuenta atrás siguen vigentes.

En este malestar vital, en esta fragilidad psíquica, cumplen un papel fundamental dos de las preocupaciones fundamentales del autor, convertidas consecuentemente en constantes primordiales del libro: por una parte, el miedo al fracaso, la necesidad de labrarse un nombre en las páginas de la literatura contemporánea (léase la pelusilla que le despertaban amigos como Roth o Updike), algo que finalmente lograría; por otra parte, el pulso que libraban en su interior su sencilla (y conservadora) visión del amor y del matrimonio y la libertad irrefrenable de sus impulsos sexuales. La homosexualidad, en efecto, era algo que lo atormentaba y de lo que se esforzaba en escapar, porque toda su idea de felicidad se sustentaba en la estabilidad familiar y el amor a sus hijos. Con el paso de los años, sus ideas al respecto se matizarían, virarían en una dirección más sensata y honesta, aunque el desconcierto de no saber qué forma de actuar o pensar era la correcta seguiría quebrándole la cabeza. Se reencontrará con un amor puro en brazos de hombres y mujeres, pero sin llegar a desvincularse de su mujer, que estuvo con él hasta su muerte. En estas confesiones familiares es donde encontramos los párrafos más dolorosos. La consecuencia a tanta incertidumbre y tanto temor antes sus propios sentimientos quizás fue el atajo que lo llevó al infierno de la bebida.

El alcohol. Hay mucha literatura en torno al tema, pero pocas veces se ha descrito tan brillantemente la aprensión y el dolor que produce en quienes viven enganchados a él como en el caso de estos diarios. La bebida puede ser un demonio con piel de cordero. Cheever se odió por entregarse a ella de una forma tan enfermiza, pero en el fondo la necesitaba para seguir viviendo. Si el ser humano es inestable por naturaleza, él era el colmo de la inestabilidad. Etapas de psicólogos, vodka y confesiones avergonzadas se sucedían sin descanso. Cuando se pierde el contacto con la realidad todo se tambalea. “Lo que llamamos pena o dolor suele ser nuestra incapacidad para entablar una relación viable con el mundo, con este paraíso casi perdido. A veces comprendemos las razones, a veces no. A veces, al despertar, descubrimos que la lenta de aumento que magnifica la excelencia del mundo y sus habitantes está rota”. Cuánta razón hay en estas palabras. No obstante no conviene estructurar el conjunto, aunque sólo sea a modo de resumen, en compartimentos estancos más o menos diferenciados (aquí los problemas familiares, aquí las crisis literarias, aquí la homosexualidad, en ese otro el alcoholismo exacerbado…), porque todo confluye con la misma arbitrariedad con la que sopla el viento cada mañana, caóticamente. Su orden, si existe, es interior y vital. O sea, impredecible. Lo mejor es dejarse llevar por la prosa brutalmente concisa del autor. Una prosa de un refinamiento estético infrecuente y muy poco pagado de sí mismo, que reverbera en la memoria con la fuerza de sus ideas y la belleza y claridad con que estas se articulan.

“Anotar lo que sé tanto como lo que espero saber. Describir mi sed de alcohol que comienza a las nueve de la mañana, y que a las once y media ya escapa a todo control. Describir la humillación de beber furtivamente y el sabor amargo de la ginebra; escribir sobre el peso del desaliento y la desesperación; escribir sobre los terrores sin nombre; escribir sobre los penosos ataques de la ansiedad infundada; escribir sobre el horror al fracaso. El esfuerzo por recuperar el aguzamiento de las sensaciones, la sensación de que se ha corrompido un margen de esperanza”. Una de las revelaciones del libro podría ser esa: toda vida es una sucesión de situaciones desaprovechadas, de arrepentimientos, de recuerdos amargos. Al final esto termina y todo es memoria. Pero hay muchas más en esta obra conmovedora y brillante, a cuyo final uno asiste removido como sólo las cosas importantes logran hacer. Es mi caso. Por eso Diarios, merecedora de un premio Pulitzer, me parece una de las obras de no ficción más importantes de la literatura contemporánea. Sobra decir que la seguiré releyendo con cierta frecuencia: mi alma y mi cabeza la necesitan para no desfallecer en el camino.

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Entre las habituales declaraciones de amor incondicional por parte de la prensa nacional e internacional a la obra del manchego, me llamó la atención ver hace unas pocas semanas un discernimiento más nítido de su obra, diferenciando la calidad de su dirección y la de sus guiones, difícilmente a la altura de sus dotes en el primer aspecto. Las historias de Almodóvar, aun en sus filmes más conseguidos, no dejan de ser algo más enrevesadas, erráticas de lo deseable, aparte de horriblemente escritas, pecados que por lo general no cabe atribuir a aquellos maestros del melodrama que tanto le han inspirado, supuestamente, y que van poniéndose más de relieve a medida que se abandona su etapa más desenfadada, proceso iniciado precisamente con este filme, con lo que se hace extraño que apenas haya recurrido a nadie para desarrollar sus guiones.

El que la referencia cinéfila de turno sea Duelo al sol, que contaba con un guión bastante mediocre y muy descompensado, no hace sino potenciar la sensación de despropósito que deja la historia de esta película, tan exagerada e incoherente como la del filme de Selznick, pero sin la dimensión épica de aquella. Con una historia demasiado alargada e incapaz de desarrollar con un mínimo de criterio la interesante premisa inicial de relación entre el sexo y la muerte como liberación última, o como instrumento de placer, es su dirección la que evidencia el paso adelante de Matador frente a sus anteriores filmes, más allá de enfatizar los aspectos melodramáticos ya más o menos presentes con anterioridad. Matador es mucho más rica y elaborada visualmente que sus entregas anteriores; donde antes había una mayor atención a los elementos de la cultura pop y a la transgresión, en Matador la dirección de Almodóvar se muestra finalmente como un vehículo expresivo capaz de suplir en ocasiones las debilidades del guión -la fascinación de Martínez por Assumpta Serna nunca parece tan auténtica como en la secuencia en que ésta se deja observar por él desde lo alto de un puente- otras escenas visualmente brillantes, como cuando Eva Cobo persigue a Serna por las escaleras enfundada en un vestido rojo, parecen tener menos sentido y limitarse a ser meras indulgencias estéticas por parte del director.

Sin embargo, tengo la impresión de que en escenas como esta, su encuentro previo con Martínez, y sobre todo su escena junto a Banderas en el callejón, se deja entrever una suerte de cuento en forma de fantasía onírica a partir de los personajes de Cobo y Banderas, que son críos en cuerpos adultos, rodeados de un mundo más sórdido y cruel de lo que son capaces de asimilar. Y, por supuesto, usarlos como contraposición a la otra pareja (esta sí desarrollada, o al menos plasmada), que representaría un reflejo de ellos mismos una vez atrapados en la dinámica social adulta, que no adaptados; esa estrambótica psicopatía es su compensación al tener que soportar una existencia socialmente aceptable. Una idea con la que sólo se puede especular, dada la afición de Almodóvar por quedarse en los elementos meramente icónicos e inundar la pantalla de personajes o subtramas en lugar de ocuparse de desarrollar los existentes, así que sea por costumbre, o por incapacidad de dar cierta dimensión a la relación entre los personajes (que, vista En compañía de lobos, o en un film más susceptible de ser homenajeado como La sombra de una duda, diría que necesitaba de un director con mucha más sutileza para salir adelante), a mitad del filme aparece Carmen Maura para tapar el hueco, y no mucho más, así como otros tantos miembros de la troupe almodovariana que aparecen para cubrir expediente y romper el ritmo del film con los mismos tics que mostraban en los filmes anteriores. Tampoco parece tener la valentía de llevar un paso más allá la plasmación de la psicopatía de los protagonistas y hermanarlas de una forma más directa al giallo, más allá de la referencia inicial a Mario Bava, reproducida en el filme, es cierto, pero a través de un flashback delirante que le hace perder efectividad al hermanarlo con fantasías de culpabilidad opusianas que también dan lugar a buenas secuencias aisladas, como la del baño entre Banderas y Serrano, y que habrían agradecido un enfoque menos sobrio y un mayor lucimiento para la segunda.

En definitiva, hay demasiadas ideas en Matador, muchas de ellas interesantes, y casi todas las no basadas en motivos visuales, mal ejecutadas. Ocupado en poner en escena este revuelto de cine negro, melodrama de los 40, terror de los 70 y cualquier otra referencia pop, Almodóvar, por inseguridad, inexperiencia o soberbia olvida dar dimensión alguna a los personajes, y Matador queda prácticamente reducido a una colección de estampas brillantes pero inconexas, un filme errático que con sus numerosos defectos no deja de ser una propuesta bastante más apasionante que muchos de sus trabajos posteriores, estéticamente más conservadores y que salvo honrosas excepciones, suelen limitarse a disimular mejor las carencias estructurales ya mostradas aquí.

Matador, de Pedro Almodóvar (1986). Guión de Pedro Almodóvar y Jesús Ferrero. Música de Bernardo Bonezzi. Interpretada por Nacho Martínez, Assumpta Serna, Eva Cobo, Antonio Banderas, Chus Lampreave, Eusebio Poncela, Julieta Serrano, Luis Ciges, Carmen Maura, Eva Silva y Bibi Andersen.