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Entre las habituales declaraciones de amor incondicional por parte de la prensa nacional e internacional a la obra del manchego, me llamó la atención ver hace unas pocas semanas un discernimiento más nítido de su obra, diferenciando la calidad de su dirección y la de sus guiones, difícilmente a la altura de sus dotes en el primer aspecto. Las historias de Almodóvar, aun en sus filmes más conseguidos, no dejan de ser algo más enrevesadas, erráticas de lo deseable, aparte de horriblemente escritas, pecados que por lo general no cabe atribuir a aquellos maestros del melodrama que tanto le han inspirado, supuestamente, y que van poniéndose más de relieve a medida que se abandona su etapa más desenfadada, proceso iniciado precisamente con este filme, con lo que se hace extraño que apenas haya recurrido a nadie para desarrollar sus guiones.

El que la referencia cinéfila de turno sea Duelo al sol, que contaba con un guión bastante mediocre y muy descompensado, no hace sino potenciar la sensación de despropósito que deja la historia de esta película, tan exagerada e incoherente como la del filme de Selznick, pero sin la dimensión épica de aquella. Con una historia demasiado alargada e incapaz de desarrollar con un mínimo de criterio la interesante premisa inicial de relación entre el sexo y la muerte como liberación última, o como instrumento de placer, es su dirección la que evidencia el paso adelante de Matador frente a sus anteriores filmes, más allá de enfatizar los aspectos melodramáticos ya más o menos presentes con anterioridad. Matador es mucho más rica y elaborada visualmente que sus entregas anteriores; donde antes había una mayor atención a los elementos de la cultura pop y a la transgresión, en Matador la dirección de Almodóvar se muestra finalmente como un vehículo expresivo capaz de suplir en ocasiones las debilidades del guión -la fascinación de Martínez por Assumpta Serna nunca parece tan auténtica como en la secuencia en que ésta se deja observar por él desde lo alto de un puente- otras escenas visualmente brillantes, como cuando Eva Cobo persigue a Serna por las escaleras enfundada en un vestido rojo, parecen tener menos sentido y limitarse a ser meras indulgencias estéticas por parte del director.

Sin embargo, tengo la impresión de que en escenas como esta, su encuentro previo con Martínez, y sobre todo su escena junto a Banderas en el callejón, se deja entrever una suerte de cuento en forma de fantasía onírica a partir de los personajes de Cobo y Banderas, que son críos en cuerpos adultos, rodeados de un mundo más sórdido y cruel de lo que son capaces de asimilar. Y, por supuesto, usarlos como contraposición a la otra pareja (esta sí desarrollada, o al menos plasmada), que representaría un reflejo de ellos mismos una vez atrapados en la dinámica social adulta, que no adaptados; esa estrambótica psicopatía es su compensación al tener que soportar una existencia socialmente aceptable. Una idea con la que sólo se puede especular, dada la afición de Almodóvar por quedarse en los elementos meramente icónicos e inundar la pantalla de personajes o subtramas en lugar de ocuparse de desarrollar los existentes, así que sea por costumbre, o por incapacidad de dar cierta dimensión a la relación entre los personajes (que, vista En compañía de lobos, o en un film más susceptible de ser homenajeado como La sombra de una duda, diría que necesitaba de un director con mucha más sutileza para salir adelante), a mitad del filme aparece Carmen Maura para tapar el hueco, y no mucho más, así como otros tantos miembros de la troupe almodovariana que aparecen para cubrir expediente y romper el ritmo del film con los mismos tics que mostraban en los filmes anteriores. Tampoco parece tener la valentía de llevar un paso más allá la plasmación de la psicopatía de los protagonistas y hermanarlas de una forma más directa al giallo, más allá de la referencia inicial a Mario Bava, reproducida en el filme, es cierto, pero a través de un flashback delirante que le hace perder efectividad al hermanarlo con fantasías de culpabilidad opusianas que también dan lugar a buenas secuencias aisladas, como la del baño entre Banderas y Serrano, y que habrían agradecido un enfoque menos sobrio y un mayor lucimiento para la segunda.

En definitiva, hay demasiadas ideas en Matador, muchas de ellas interesantes, y casi todas las no basadas en motivos visuales, mal ejecutadas. Ocupado en poner en escena este revuelto de cine negro, melodrama de los 40, terror de los 70 y cualquier otra referencia pop, Almodóvar, por inseguridad, inexperiencia o soberbia olvida dar dimensión alguna a los personajes, y Matador queda prácticamente reducido a una colección de estampas brillantes pero inconexas, un filme errático que con sus numerosos defectos no deja de ser una propuesta bastante más apasionante que muchos de sus trabajos posteriores, estéticamente más conservadores y que salvo honrosas excepciones, suelen limitarse a disimular mejor las carencias estructurales ya mostradas aquí.

Matador, de Pedro Almodóvar (1986). Guión de Pedro Almodóvar y Jesús Ferrero. Música de Bernardo Bonezzi. Interpretada por Nacho Martínez, Assumpta Serna, Eva Cobo, Antonio Banderas, Chus Lampreave, Eusebio Poncela, Julieta Serrano, Luis Ciges, Carmen Maura, Eva Silva y Bibi Andersen.

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