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La generación de directores posterior a la de la Nueva Ola parece haber cosechado unos resultados desiguales, sea por repercusión o por el apoyo de la crítica. Muchos de ellos, como Leconte, Techiné o Tavernier son muy populares y muy bien valorados (tanto, que en España han sobrepasado la fama de los Resnais, Godard, Rohmer y compañía), mientras que a gente como Raoul Ruiz o Claude Miller sólo los vemos clandestinamente, y valorados en general con bastante desidia (con Bertrand Blier mejor no entramos; será sujeto de otro artículo, en principio).

Con Miller hay un problema en especial: es dificil despegarlo de la sombra de François Truffaut, más teniendo en cuenta que él dirigió el último guión de Truffaut, La Pequeña Ladrona (1988); el cine de ambos está exento de grandes disquisiciones metafísicas, o grandes exhibiciones en la puesta en escena. Sin embargo, el universo propio del cine de Truffaut, que acostumbraba a potenciar la cercanía a los personajes, aunque ello siginificase caer en la intrascendencia (El Amante del Amor es un film notable, pero ello se debe a la omnipresencia en el mismo de un Charles Denner impresionante, y no de un Truffaut que ofrece una dirección algo plana y previsible) está ausente en Miller; que lo sustituye por una identificación más magnética e imprecisa, pero a la vez mucho más compacta; sus filmes son de personajes, pero funcionan mediante ellos, no gracias a ellos.

Arresto Preventivo es un ejemplo perfecto de lo comentado antes, claro; es un polar reducido a la mínima expresión, desarrollado en su práctica totalidad en un solo decorado y sin más artificios que un par de flashbacks, o más bien retrospectivas que no paran la acción; en definitiva, no más elementos que el veterano Lino Ventura, el sospechoso Michel Serrault y Guy Marchand como convidado de piedra. Ventura interroga a Serrault, pero rápidamente el interrogatorio se torna en duelo verbal entre dos lobos viejos que los va aislando (y a nosotros con ellos) poco a poco del contexto que los ha reunido, no así de sus roles; Ventura y Serrault juegan al gato y al ratón sin moverse de sus asientos, intentando convencerse a sí mismos de que la realidad no volverá a hacerse con ellos a la salida. Los incisos de Guy Marchand, y en especial el de Romy Schneider correrían el peligro de hacer caer el film en la moralidad, rectitud o simple planicie que se evita hasta entonces de no ser por la fuerza de sus intérpretes, o su simple presencia; los Martinaud, una vez empezamos a conocerlos bien vía Schneider, vemos que bien podrían provenir del cine de Claude Sautet. Pero no es sólo mérito de ella.

Y es que Miller no desaprovecha el potencial del film; se limita a manejar los hilos con la sobriedad suficiente como para no estorbar a sus intérpretes, y no jugar con el espectador (como hiciese Stephen Hopkins en la versión americana de la obra que nos ocupa: Bajo Sospecha (2000)). Sin embargo, en la secuencia de Schneider se libra de esa sobriedad, y permite que ella ilumine la pantalla, aun cuando sólo la vemos en la oscuridad. Este inciso, tan bello como en parte desgarrador, es la mejor secuencia de la película y uno de los mejores momentos del según parece decayente cine francés de los 80. Con este filme desasosegante y minimalista (no estamos tan lejos de La Soga) que nunca da a la platea más de lo necesario, y sin necesidad de hacernos creer que nuestra vida futura será más esperanzadora que la presente, el discípulo, a diferencia del maestro, cede todo protagonismo en beneficio de esta pequeña obra maestra del cine de género en la que Michel Serrault, una vez más, se come la pantalla.

Garde à vue, de Claude Miller (1981). Guión de Michel Audiard y Claude Miller, a partir de la novela de John Wainwright. Interpretada por Lino Ventura, Michel Serrault, Guy Marchand y Romy Schneider.

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