July 2007


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Fue la gran triunfadora en la última edición de los César y viene precedida de estupendas críticas en el país vecino. Bien, no es para tanto… pero tampoco está nada mal. Audiard supera su anterior Lee mis labios (no lo tenía difícil: era una obra atractiva pero muy irregular) atreviéndose con un remake de Fingers (Melodía para un asesinato, James Toback, 1978), que no he visto. Por tanto: comparaciones, ninguna. Tomemos la obra tal cual está, sin rendir cuenas a nadie. ¿Qué me gusta de ella? Principalmente, su protagonista. Esta es una película movida por la fuerza de su personaje principal: él lo es todo, y si él falla, falla todo lo demás. Pero no falla, porque Romain Duris logra una interpretación ajustadísima de ese nuevo antihéroe moderno con el que nos gustaría identificarnos: atormentado, seductor, romántico, frágil, un poco cabrón. Pero también me gusta la forma que tiene Audiard de filmar la realidad que lo circunda, de sembrar de oscuridad un recorrido que es emocional y cognoscitivo a un tiempo. Audiard (y su guionista habitual) dibuja muy bien esa complicada relación paternofilial basada en la necesidad y el rechazo mutuos, aunque no logre evitar caer en algún lugar común innecesario.

Equiparar el latido del corazón con el ritmo vertebrador de una pieza de Bach y el pulso nervioso/pausado de la narración no es el único mérito del film: se entra con suavidad y desconfianza en él, pero luego cuesta salir. Gracias, sobre todo, a Duris y el resto del reparto (Niels Arestrup está para quitarse el sombrero), al buen quehacer de Audiard y a la labor de Stéphanie Fontaine (las escenas de violencia se benefician de una oscuridad muy bien planteada) y Alexandre Desplat. Y aún aceptando que no hay nada especialmente sobresaliente en este remake apare de su buena factura (porque no lo hay, esto es así y punto), este termina si no cautivando, sí cayendo simpático y entrañable. Además, el conflicto que plantea (la forma de huir de un presente incómodo marcado por la ilegalidad -el Padre- para volver a un pasado que aún deja oír sus ecos sobre los acordes de un viejo piano -la Madre) se resuelve con sutileza en un plano-metáfora eficaz y perturbador: los dedos heridos y ensangrentados del protagonista pulsan teclas imaginarias sabedores, ahora sí, de que el talento que surge de ellos está condenado a deslumbrar en estricta soledad. Porque es imposible escapar sin dejar huella. Es imposible escapar, a secas.

De battre mon coeur s’est arreté, de Jacques audiard (2005). Guión de Jacques Audiard y Tonino Benacquista. Interpretada por Romain Duris, Niels Arestrup, Jonathan Zaccaï, Gilles Cohen, Linh Dan Pham, Aure Atika, Emmanuelle Devos, Anton Yakovlev, Mélanie Laurent, Agnès Aubé, Etienne Dirand, Denis Falgoux, Serge Boutleroff, Sandy Whitelaw, Emmanuel Finkiel, Jian-Zhang, Omar Habib, Jamal Djabou, Vladislav Galard, Walter Shnorkell, Marianne Puech y Alphonse Cemin.

Hubo un tiempo (sobre los años 70, más o menos) en el que ciertos directores europeos dieron rienda suelta a sus sueños más húmedos y culpables en algunas películas que levantaron ampollas entre el público bienpensante. Era un cine erótico que, valiéndose de una premisa culta y una dirección sofisticada y de qualité, intentaba paliar las exigencias carnales de aquellos espectadores cansados de tanto cine de autor, gente con ganas de cambiar las pajas mentales por las otras. Uno de esos autores era Walerian Borowczyk, que con La bestia conmocionó a todo el mundo y nos legó uno de los delirios cinematográficos más atrevidos y disfrutables de la historia del cine.

Se la puede considerar sin ningún rubor como la Biblia de la zoofilia, una pervesión del cuento de La bella y la bestia (imaginad a ambos personajes en pleno coito filmados por un esteta del placer, por ejemplo Conrad Son) o una visión malévola y calenturienta del enfrentamiento en pleno bosque entre Caperucita Roja y su lobo feroz. La peli, que se abre con una cita de Voltaire y unos caballos follando salvajemente, pronto deja de lado su primario discurso ético (los instintos nos dominan, somos como animales, necesitados de vida sexual: sin ella nos consumimos), para centrarse en lo que realmente interesa: sexo, sexo y sexo. Sin más. No sólo sexo zoofílico (con una “cubana” incluida), sino también masturbaciones, folleteo convencional, interracial (el apunte, perverso como pocos, de los niños escondidos en el armario) y todo lo que uno quiera.

Borowczyk se recrea en primerísimos planos de genitales y se explaya en las eyaculaciones y los chorros de semen, todo puntuado con algún detalle sadiano e historicista (el corsé), diálogos de doble sentido y algunas insinuaciones pedófilas que dejan al descubierto la dudosa moralidad del estrato eclesiástico, más que nada por joder un poquito al personal. El resultado es una de las películas más deliciosas y (sanamente) ofensivas que he tenido el placer de ver, pura transgresión si miramos los tiempos que corren y el puritanismo que asola la nación más grande del planeta (no por nada estuvo prohibida durante 25 años). Cine libérrimo y casi necesario coronado por esa escena de persecución a la doncella en el bosque que ya ha entrado por derecho propio en los anales del cine más psicotrónico y desvergonzado, puro eurotrash para gente con la libido por las nubes.

Roman Holiday, de Walerian Borowczyk (1975). Guión de Walerian Borowczyk. Interpretada por Sirpa Lane, Lisbeth Hummel, Elisabeth Kaza, Pierre Benedetti, Guy Tréjan, Roland Armontel, Marcel Dalio y Pascale Rivault.

Esta es una película bélica excepcional que sólo se ve lastrada por ese deseo (tan falsamente liberal y tan propio de este género) de loar a toda costa el honor de la batalla a la vez que se proclama una necesidad de entendimiento entre razas y religiones que es todo hipocresía, y que en el filme se manifiesta en un par de diálogos bastante elementales y ridículos. Por supuesto, la capacidad de redimirse y apropiarse de los buenos sentimientos que predican ingleses y americanos en pleno fragor guerrillero del África ocupada por nazis y fascistas durante la II GM sólo es permeable a bonachones soldaditos italianos con bambina esperando en casa, pero no a un sucio y despiadado alemán, traidor por naturaleza y asesino sin escrúpulos.

Esto, de todos modos, supone un defecto perdonable teniendo en cuenta el año de su producción. Más vale fijarse en lo demás: una vibrante peripecia de supervivencia en el desierto (con ecos a La patrulla perdida de Ford) que muestra muy a las claras, aún sin ser decididamente antibelicista, el horror que siempre implica la guerra. Además, tiene un par de ideas de guión muy locas y efectivas, y el ritmo está tan endiabladamente conseguido (y mantiene un crescendo dramático tan bien dosificado) que hace prácticamente imposible que uno pueda llegar a aburrirse. Mención especial para la fotografía del gran Rudolph Maté. Muy entretenida.

Sahara, de Zoltan Korda (1943). Guión de John Howard Lawson, Zoltan Korda, James O’Hanlon y Sidney Buchman, basado en una historia de Philip MacDonald. Interpretada por Humphrey Bogart, Bruce Bennett, J. Carrol Naish, Lloyd Bridges, Rex Ingram, Richard Nugent, Dan Dunyea, Carl Harbord, Patrick O’Moore, Louis Mercier, Guy Kingsford, Kurt Kreuger y John Wengraf.

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Creo que no yerro al afirmar que Joss Whedon es uno de los escasísimos autores actuales capaces de aunar en sus obras trascendencia y sana diversión. Su nombre aparecía en el guión de la fundamental Toy Story y de otra perla infravalorada de la animación moderna, Titán A.E. Esto, claro, sin contar sus revolucionarios trabajos para la televisión, con Buffy cazavampiros a la cabeza. De hecho, Serenity es la traslación a la gran pantalla de la televisiva (y frustrada) Firefly, proyecto de ci-fi que no terminó de convencer a los que tienen la última palabra. Y casi mejor, porque gracias a ello podemos disfrutar ahora de este espectacular y radiante western galáctico, con sus forajidos, sus “indios” y sus duelos cara a cara.

Se me ocurre que Serenity es lo que George Lucas buscó y requetebuscó para clausurar su célebre epopeya espacial pero no llegó a encontrar jamás: una space-opera fluidísima, divertida, con una trama inteligente y absorbente y unas cargas de profundidad que golpean de imprevisto al espectador, confirmando que este tipo de cine también puede hacerte pensar (dos momentazos tristes y poéticos valgan como ejemplo: la llegada al planeta muerto o el Señor Universo con su amada robot). Pero lo que manda es el ritmo y la acción, no a la manera boba y plomiza de Riddick, sino la del primer Spielberg (por decir un ejemplo claro), con sus delirios fantásticos, sus guiños cinéfilos y su implacable narrativa. Además tiene un reparto atractivo y desconocido o semidesconocido (mejor), combates cuerpo a cuerpo memorables, varias ideas inteligentes por ahí desperdigadas, diálogos ingeniosos y con más chicha que la mayoría de los de este tipo de productos y un desvío final al terreno del cine de zombies que termina de redondear la jugada.

Casi con toda seguridad la mejor película de ciencia-ficción del año 2005, por su falta de pretensiones y su agradable recuperación del espíritu lúdico y festivo del primer Lucas. Toda una oda al disfrute pleno y sin concesiones (siempre que se sintonice con el tema, por supuesto), que ya es mucho echando un ojo a la cartelera.

Serenity, de Joss Whedon (2005). Guión de Joss Whedon. Interpretada por Nathan Fillion, Gina Torres, Alan Tudyk, Morena Baccarin, Adam Baldwin, Jewel Staite, Sean Maher, Summer Glau, Ron Glass, Chiwetel Ejiofor, David Krumholtz, Michael Hitchcock, Sarah Paulson, Yan Feldman, Rafael Feldman, Nectar Rose, Tamara Taylor, Glenn Howerton y Hunter Ansley Wryn.

Primera película de Dario Argento y primera lección de estilo. Elegante relato en torno a un voyeur accidental y despistado y un psicópata que atemoriza a la (en apariencia) tranquila ciudad de Roma. Aquí está todo lo que haría grande al maestro italiano: una trama alambicada y pelín delirante que irá descubriendo sus cartas poco a poco, un tipo que se mete sin comerlo ni beberlo en una investigación que pone en peligro su vida y la de sus allegados, un asesino misterioso que mata con estilo y enguantado mientras juega al ratón y al gato con sus perseguidores, un dato que se nos oculta y que será la clave de todo el asunto, unas dosis de erotismo bastante malsano, personajes secundarios extraños o como poco misteriosos (el pintor)…, pero está, sobre todo, esa forma de filmar la muerte, el acoso y el miedo: ahí se nota la herencia de los grandes (Hitchcock, etc.), pero sobre todo la de Mario Bava, luz que guía toda la obra del italiano. Y argumentalmente es uno de los trabajos más conseguidos de Argento: pese a lo absurda que pueda ser la historia, todo acaba encajando al final sin ningún problema. Excepcional.

L’uccello dalle piume di cristallo, de Dario Argento (1970). Guión de Dario Argento y Fredric Brown. Interpretada por Tony Musante, Suzy Kendall, Enrico Maria Salerno, Eva Renzi, Umberto Raho, Renato Romano, Giuseppe Castellano, Mario Adorf, Pino Patti y Gildo Di Marco.

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Leconte acostumbra a estructurar sus filmes a partir del mundo interior de los personajes; no se trata de mostrar lo que les envuelve y determina como suele hacer Rohmer, sino de la percepción que estos tienen de él. Ellos casi siempre son reservados, de existencias monótonas; personajes inadaptados que se sirven de la fantasía como modo de realizarse de una forma que su vida normal no les permite. La sensación de experiencia onírica que dejan muchos de sus filmes está presente en Monsieur Hire, uno de sus primeros intentos exitosos en esta línea, y que presenta a un personaje más peculiar a primera vista; su aspecto y circunstancias son tan ordinarias para él como extrañas para el resto: no se atiene a usos sociales con sus vecinos, y éstos, incapaces de asignarle un rol convencional, no dudan en señalarle como el autor de un reciente asesinato en proceso de investigación. Una introducción que no dedica tanta atención al crimen como al enigma que nos resulta Hire, que apenas nos revela nada de sí mismo; el único momento en que lo hace es en uno de sus encuentros con Alice, cuando imagina las posibles vidas de los transeúntes de una estación ferroviaria. Posiblemente esta traslación de personalidades, de su fantasía al cuerpo ajeno, es su única forma de conocimiento, y la única forma de conocerlo, lo que convierte el filme en una suerte de apología del voyeurismo: Hire observa a Alice, ella hace lo propio, el policía lo sigue, y el espectador, jugando a Dios, los observa a todos ellos, desde la mirada del protagonista, pero también la del resto de impresiones, las de Alice y el inspector.

A partir del momento en que Alice se descubre observada, decide entrar en el intercambio de miradas, luego de encuentros cada vez menos forzados, pretendiendo jugar con él por diversión o como forma de proyectar sus deseos reales en algo fantasioso; como él pretende estar jugando con ella, con la oportunidad de materializar por una vez, quizás, sus fantasías en algo real una vez que se forma un improbable -y magníficamente sugerido- triángulo amoroso; podemos ver cambiar a los personajes según cambia el punto de vista, pero la clave del está siempre en lo que estos proyectan hacia los demás, lo que uno quiere pensar de los otros: Hire quiere pensar que encontrará la felicidad; Alice quiere pensar que su novio se preocupará por ella, y el inspector quiere pensar que llegará a encontrar al asesino de la pobre chica; todos fantasean con que gentes como las de la estación ferroviaria completarán o darán sentido de alguna forma a la soledad en la que ahora sobreviven; o quizás ellos mismos no son más que transeúntes a los que Leconte imagina una vida que podría haberse desarrollado en ese precioso instante final en que el plano se detiene, prácticamente.

Monsieur Hire, de Patrice Leconte (1989). Guión de Patrice Leconte y Patrick Dewolf, a partir de la novela de Georges Simenon. Fotografía de Denis Lenoir. Música de Michael Nyman. Interpretada por Michel Blanc, Sandrinne Bonnaire, Luc Thuillier, André Wilms.

La casa de los 1000 cadáveres fue una de las mejores películas de terror estrenadas en el 2003. Y si en ella el espectador se daba de bruces ante un macabro recital de guiños cinéfagos que iban desde La matanza de Texas a las modestas series B de William Castle, todo ello barnizado con un look moderno y circense que era una delicia para cualquier goremaníaco de a pie, en esta continuación de las hazañas de la familia Firefly nos topamos ante el horror en su forma más hiperrealista, ese que te pone en la piel del torturador y el asesino, aniquilando el factor terrorífico pero enfrentándote a otro terror más inquietante: el que cuestiona los límites de maldad (por una parte) y de resistencia (por otra) propios del ser humano. Donde antes había estimulante oscuridad y diversión de género ahora hay seca, calzinante claridad, llena de polvo y un retorcimiento ético que afecta a todos los personajes. Para entendernos: estamos más cerca de La última casa a la izquierda (o de I spit on your grave) que del splatter y la diversión halloweeniana.

Los renegados del diablo (que es la historia de una huida, que es la historia de una venganza, que es la historia de una revelación) sigue manteniendo la potencia visual y el brío narrativo de su antecesora, pero a la vez nos presenta un panorama moral infecto y espinoso que la hace aún más interesante. Mediada la película se invierten los papeles principales y uno ya no tiene tan claro quién actúa correctamente o quién es mejor que quién. Es tan ambigua que muchos la tratarán de inmoral y detestable. Quizás lo que el señor Zombie nos viene a decir es que todos llevamos a un pequeño psicópata en nuestro interior, sólo hace falta que se alineen nuestros soles particulares (en el caso del sheriff -ciclópeo William Forshyte- un punzante dolor en forma de hermano muerto) para que este salga a la luz. Por lo demás, el fan de horrores viscerales y zarrapastrosos (pero de calidad) disfrutará sin problemas con esta familia disfuncional y “entrañable” (con mención especial para la guapa Sheri Moon, tan cabrona como siempre) y su particular catálogo de barbaridades, sobre todo si estas tienen lugar en un motelucho perdido en medio de la América profunda.

The Devil’s Rejects, de Rob Zombie (1953). Guión de Rob Zombie. Interpretada por Sid Haig, Bill Moseley, Sheri Moon, William Forsythe, Ken Foree, Matthew McGrory, Leslie Easterbrook, Geoffrey Lewis, Priscilla Barnes, Dave Sheridan, Kate Norby, Lew Temple, Danny Trejo, Dallas Page y Brian Posehn.

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