No voy a hablar mucho de este libro, al menos no de su historia. No me apetece. Simplemente quiero decir que Palahniuk es, ahora mismo y sin ninguna duda, quien más y mejor habla del ser humano y del mundo que le rodea. Su nihilismo no tiene nada de vana provocación, y él no es un simple enfant terrible obsesionado con el sexo y con el concepto de posmodernidad, como tantos otros. Es, sencillamente, un agudo observador de la realidad que nos rodea. Un observador que se ha percatado de que estamos inmersos en un apocalipsis de números, convenciones y ataduras, donde el individuo se ahoga, se aliena. Un mundo donde se actúa por inercia, donde las personas esconden sus deseos y anhelos verdaderos y donde se acepta sin remedio, pero también sin rechistar, una vida prefabricada. Un mundo en el que los vaivenes emocionales, los saltos (mareantes, vertiginosos) de la alegría, efímera y pasajera, a la tristeza, nos aturden, nos hieren, y nos dejan con ganas de ser una esponja de mar (porque las esponjas nunca tienen un mal día). Y además llega a una conclusión terrible: todo se desmorona, pero no hay ningún mesías que vele por nosotros. Si no quieres desaparecer, sólo te queda una opción: sálvate a tí mismo. Construye tu vida, sigue tu camino, da igual a donde te lleve. Al fin y al cabo, vas a acabar por fuerza en un sitio mejor. No te rindas, aunque te veas sumido en las ruinas, en medio de la oscuridad.

Está claro que Palahniuk juega en la misma liga que autores como Michel Houellebecq, Breat Easton Ellis o Ian McEwan. Autores que nos revelan verdades absolutas en cada libro, y cuyos equivalentes cinematográficos pudieran ser perfectamente gente como Michael Haneke, Charlie Kauffman o Todd Solondz. Además, nos deja personajes extraordinarios: Victor Mancini, Paige Marshall y Denny se han convertido ya en unos de mis (anti)héroes literarios favoritos. Lo dicho, un libro recomendado para todos los que comprendieron que El club de la lucha era una de las películas más sinceras, modernas y desesperadas del cine reciente, y no una mamarrachada fascista con Brad Pitt. Que cómo calificaría la lectura de Asfixia… Reveladora no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

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