Engendro mecánico debe ser contemplada como una de las películas más emblemáticas de la ciencia-ficción alucinada de la década de los 70, aquella que hundía sus raíces en la psicodelia pura y dura y en una determinada filosofía new age que entroncaba directamente con la idea de que es posible (y está cerca) la aparición de un nuevo hombre, un superhombre (evidentemente nietzscheano) que adquiere su nueva y elevada condición al entrar en contacto con una entidad superior, sea esta un monolito de origen desconocido… o una computadora con vida propia capaz de almacenar en su memoria todos los conocimientos recopilados durante toda la historia de la humanidad. O sea, que nace al rebufo de la obra capital de Kubrick, copiándola sin disimulo aunque manteniendo más bajo su nivel de pretensiones. Vista como tal, la cinta de Cammel es atractiva, especialmente cuando muestra los jueguecitos perversos que se traen una sexual Julie Christie y el malvado ordenador, pero luego se inventa un monstruito romboidal de la nada y la cosa cae directamente en el terreno de lo absurdo y lo inverosímil, amén de frenar el ritmo de trepidante horror movie que parecía haber emprendido desde que Proteus toma la casa. Se deja ver, insisto, pero sigo prefiriendo no sólo 2001 (seminal e insustituible) sino también la cerebral y psicodélica Sucesos en la cuarta fase, insular obra maestra de Saul Bass.

Demon Seed, de Donald Cammell(1977). Guión de Robert Jaffe y Roger O. Hirson, sobre una novela de Dean R. Koontz. Interpretada por Julie Christie, Fritz Weaver, Gerrit Graham, Berry Kroeger, Lisa Lu, Larry J. Blake, John O’Leary, Alfred Dennis, Davis Roberts y Patricia Wilson.

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