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David Hurst no es un tipo al que parezca importarle especialmente la popularidad; lo vemos trabajar fría y concienzudamente, sin más actividad adicional que no esté relacionada con su familia; más allá de su rol de padre modelo y aparente pilar de la familia, no hay nada fascinante, mínimamente atractivo en él. No es algo raro en la cinematografía de Alan Rudolph, considerado a menudo poco más que un discípulo de Robert Altman (del mismo modo que Claude Miller lo fuera de François Truffaut), y que sin embargo lleva tres décadas creando una cinematografía irregular, pero nunca carente de interés. De Rudolph podemos esperar eclecticismo, y se le puede acusar de irse bastante a menudo por la ruta de la pedantería más obvia, pero es también un director capaz de sacar petróleo de sus personajes desde un planteamiento bien sencillo: la naturalidad de sus conductas (sobre todo en obras mayores como Elígeme, Afterglow y por qué no, esta misma; revero oscuro de Elígeme, precisamente). Los Hurst se encierran en sí mismos, incapaces de transmitir sus neuras o necesidades al otro, quizá por medio a romper el frágil equilibrio que les une desde la universidad, o desde aquellos suicidas paseos en bici. El modo en que él evita afrontar la crisis a lo largo de buena parte del metraje resulta casi patético, y desde luego inmaduro; pero a la vez completamente natural: uno piensa que esos personajes podrían vivir tranquilamente a dos manzanas de su casa, gente, como todos, incapaz de comprender que aún sigue viva, aunque sea para su fortuna.

Ese es, sin duda, el gran favor que hace la película; no tiene reparos en sacrificar el espectáculo, o la coherencia del film y sus personajes con tal de que esa situación nos llegue con los menores filtros posibles, como si Eric Rohmer abandonase la Bretaña por un aséptico barrio residencial anglosajón. No todo son luces, desde luego; los recursos empleados para animar la historia y despojarla de su gravedad (el 90% de las intervenciones de Denis Leary debieron haberse quedado en la sala de montaje, además de las puestas en imagen de los pensamientos de David, que aunque los hay simpáticos -como en el que acerca a su mujer hasta su picadero, con niños incluidos- no aportan nada que no deduzcamos de por sí).

Sin embargo, ni siquiera esas meteduras de pata consiguen bajar de las alturas al film; los protagonistas (Campbell Scott y Hope Davis, magníficos, por otra parte), que podrían haber sido compañeros de juergas de los personajes de Solteros, y Rudolph desmontan definitivamente esa idea de la crisis matrimonial tan propia de Douglas Sirk. Y nos recuerda que nuestra vida nunca dejará de ser tediosa y deprimente de por sí… por mucho que tengamos a una Robin Tunney a nuestro lado cada mañana.

The Secret Lives of Dentists, de Alan Rudolph (2002). Guión de Craig Lucas, sobre la novela de Jane Smiley. Interpretada por Campbell Scott, Hope Davis, Denis Leary y Robin Tunney.

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