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Roger Ebert es una especie de institución en el mundillo de la crítica estaudonidense, en gran parte por la popularidad de su programa, pero también por no tener prejuicio alguno en salirse del consenso crítico y ensalzar filmes comerciales previamente denostados, o sacar filmes de la total oscuridad “mainstream” con una facilidad pasmosa. Por supuesto, no deja de ser tan ególatra como el resto de su gremio y le pierden los estudios de personajes benevolentes y bienintencionados, y quizás también el intentar con demasiada insistencia exponer la esencia de los filmes que le entusiasman de un modo casi poético.. en la episódica y por momentos absurdamente melodramática La Fuerza del Cariño, él resaltaría lo humano y adorable de los caracteres, cómo consiguen, con los guiños justos, sobreponerse a lo melodramático de sus andaduras y conectar afectiva e irremediablemente con el espectador: sí, Ebert adora los personajes, y los autores que comparten esa devoción suelen estar de suerte.

David Gordon Green es del sur de los Estados Unidos, y en el sur rural es donde ha ambientado los tres filmes que ha hecho hasta ahora; no sólo por simple afinidad geográfica: en ningún momento deja que el curso, o la lógica de las historia que trata se separen del medio en que desarrollan; es ese entorno general en el que Green pretende marcar el pulso de sus protagonistas y quienes los rodean, en este caso un pueblo grande emplazado entre bosques y dependiente de una factoría, donde él, el mujeriego inseguro y recalcitrante, la conoce a ella, recién salida del internado y hermana menor de su mejor amigo. Él no se lo toma especialmente bien, pues Paul (sí, así se llama, y he tratado de obviarlo absurdamente hasta ahora) es su compañero de juergas y se encuentra tan desorientado como él; igual de asfixiado en ese pequeño pueblo sin oportunidades donde ser payaso puede considerarse una alternativa ventajosa, faltos de realización personal alguna mientras pasan de botella en botella, o de mujer en mujer… Paul, no obstante, sí parece tomárselo algo más en serio con Noel; a fin de cuentas, ella es joven, sonriente, locuaz, y carece de los prejuicios del resto del pueblo: no parece tener nada que ver con lo que se ha cruzado hasta entonces, o al menos parece tener unas miras mucho más amplias que las suyas propias. Cursilerías aparte, para él es la oportunidad de sentirse especial, sólo ellos dos existen; la euforia es tal, que los mismos parajes que lo oprimían parecen paradisíacos, poéticos.. el mismo aislamiento que ahora los protege, y que se rompe en el momento en que Noel abandona ese pueblo diseminado y destartalado por una casa al borde del lago, en un lugar más civilizado, definitivamente sometido a los caprichos de quienes los habitan, y de los caprichos de la siempre curiosa Noel, que sólo acaba de adentrarse en un mundo que le es desconocido. Por supuesto, toda la ilusión de Paul se desvanece; y con ella, la ensoñación a la que el filme y Deschanel sometieron, cuanto menos, a quien escribe.

Claro que podría ser más benévolo y dar crédito a los logros anteriores, pero el caso es que en el momento en que devuelve al protagonista masculino a su mundo habitual, Green cede a la tentación de tratar de mantener la misma empatía que en el período de ensoñación. a falta del apoyo de Noel, parece que en esos momentos todas las piezas secundarias tienen algo que aportar a sus desventuras existeciales (momento, cómo no, para darle algún uso a Patricia Clarkson, miserablemente desperdiciada). Es cuestión de contrastes, claro, pero como en todo relato más o menos autobiográfico, las neuras del realizador son más bien unidireccionales, haciendo que a través de Paul, de su sendero hacia la realización personal y la resurrección de su autoestima, le valoremos a él mismo y al resto de personajes desde su perspectiva, lo que aparte de ejercicio de ego, es una velada traición al tono de la primera parte, tan pretencioso como fascinante. Será posible que quién escribe no rebose de sensibilidad y amor por la condición humana, razón por la cual considera Algo en Común una tomadura de pelo y cree que al señor Green le sobran ego y pretenciosidad, y le faltan un par de herbores. Claro que al igual que la de Braff tenía a la Portman, los ojos de Zooey Deschanel son razón más que suficiente para perdonar la sobredosis de buen rollo del pupilo número uno de Ebert.

All the Real Girls, de David Gordon Green (2003). Guión de David Gordon Green y Paul Schneider. Interpretada por Paul Schneider, Zooey Deschanel, Shea Wigham, Patricia Clarkson, Danny McBride, Benjamin Mouton.

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