No sé que me pasa que siento predilección por las historias protagonizadas por niños, especialmente aquellas en las que estos se enfrentan a todo tipo de adversidades y tienen que sobrevivir como buenamente pueden en un medio que les es hostil. Es por ello que me ha gustado mucho Arrancad las semillas, fusilad a los niños, primera novela del nobel Kenzaburo Oé, que narra los avatares de un grupo de adolescentes de un reformatorio que son evacuados a un poblado perdido en lo más profundo del monte debido a la guerra; pero una epidemia obligará a los aldeanos a huir, dejando encerrados en el pueblo a los jóvenes, a merced de la epidemia.

Como en gran parte de la obra de Oé, la guerra que vivió Japón tiene un papel muy importante en la historia, y le sirve al autor para plasmar la sinrazón y la crueldad propias del ser humano. Mientras los niños simbolizan la inocencia y la esperanza, en los adultos sólo se ve odio y amargura. Son los mayores los que libran la guerra, los que matan, los que organizan cacerías en busca de los desertores, pero los que pagan los platos rotos siempre serán los niños. Sólo así se explica que adolescentes, por el mero hecho de robar gallinas o algo para comer, sean tratados como auténticos apestados, como peligrosísimos delincuentes, mientras que los hombres se dedican a matar, degollar y violar sin sentir remordimiento ninguno. Todo esto ya lo expresó Oé en La presa, la nouvelle con que debutó, también protagonizada por niños. En ella había un personaje clave, el soldado negro secuestrado, que se repite con variantes en Arrancad…: ahora es un desertor el que transmite el horror verdadero a los chavales del poblado. Éstos lo mirarán primero con desprecio, como un cobarde que no quiso luchar en el campo de batalla, pero más tarde será comprendido por el líder del grupo y narrador de la historia, en un extraño momento de intimidad en el que ambos parecen niños de verdad, acurrucados en la cama.

El estilo del japonés no está tan depurado como en obras posteriores, pero si por algo se caracteriza es por lo que podríamos llamar (de forma algo pedante) el “arte de sugerir”, rehuyendo lo explícito, sin nombrar las cosas directamente, sino insinuándolas, cuando no dejándolas directamente abiertas. Después también resulta evidente la influencia de El señor de las moscas y de algunas novelas de Twain, como dicen en la contraportada… En fin, que tampoco me enrollo más, simplemente que se lee bien, rápido (son solo unas 150 págs.)y hace pensar; es muy pesimista, eso sí (no deja ningún resquicio para la esperanza), pero merece la pena.

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