Boetticher es un poeta más dentro de un género pródigo en poetas. Algunos piensan que es, sin embargo, un poeta menor. No es del todo cierto. Creo que la clave está en la modestia. Sabía que el cine es entretenimiento y espectáculo y se ciñó a ello dejando de lado la grandilocuencia y la épica de un Mann o un Ford (al final y al cabo su espíritu es pura serie B). Sus argumentos, pergeñados casi siempre por esa mano derecha que responde al nombre de Burt Kennedy, eran sencillos, pero escondían el germen de una poética que se iría formulando y adquiriendo consistencia título tras título, hasta configurar un universo personal de hombres íntegros (Scott, siempre Scott), mujeres indefensas y forajidos carcomidos por las dudas y la necesidad de redención. Los indios, de fondo, como un elemento amenazante más del paisaje. Y he ahí otra clave: la amenaza. En el cine de Boetticher la amenaza es una latencia constante, oculta en la oscuridad o en la espalda de peñascos y colinas escarpadas. Al final el verdadero peligro está en el propio núcleo de personajes, en sus ambiciones y necesidades. Todos ocultan algo, pero el que se lleva la palma es nuestro solitario protagonista, orgulloso y vengativo, pero también comprensivo y ferozmente humano. Su secreto sale a la superficie con dolorida sinceridad cuando el único personaje femenino de la función actúa de involuntario espejo de un pasado feliz arrebatado de forma cruel. Al final, como siempre, todo es una simple cuestión de amor. En definitiva, un hermoso y casi minimalista western, planificado con una maestría fuera de toda duda, logrando una plasticidad que muy pocos saben transmitir a través de una cámara de un modo tan sencillo y exento de artificios.

Ride Lonesome, de Budd Boetticher (1959). Guión de Burt Kennedy. Interpretada por Randolph Scott, Karen Steele, Pernell Roberts, James Best, Lee Van Cleef y James Coburn.

Advertisements