blackwidow.png

Seguimos con la previsiblemente breve racha de intérpretes franceses perdidos por un film americano: en esta ocasión se trata de Sami Frey, el pobre Sami Frey que, pese a sus maneras de galán refinado, sus personajes -y sus interpretaciones- casi siempre acaban mal parados, sea asesinado por la Bardot en La Verité, como compañero de andanzas de Karina en Bande à Part, disputándole Romy Schneider a Montand en César et Rosalie, o directamente como comparsa -y ciego, para mayor inri- de la Adjani y Serrault en Mortelle Randonée.

Dadas estas credenciales, resulta fácil imaginar que el señor Frey no es precisamente la razón de ser de esta película, aunque su presencia no deje de ser un guiño interesante. El Caso de la Viuda Negra es el sexto largometraje de Bob Rafelson, el hombre que reinventó la mesa de la cocina -Jessica Lange y Jack Nicholson mediante- y que en los 70 había realizado una obra tan notable como Mi Vida es mi Vida, a partir de la cual sus siguientes filmes han ido perdiendo el favor de la crítica, especialmente con el “remake” de El Cartero Siempre Llama Dos Veces, película inmediatamente anterior a esta. A pesar de las críticas, Lange y la mesa de la cocina pesaron lo suficiente como para mejorar el estatus comercial del director: ahora no ejerce de productor o guionista, como en casi todos sus trabajos anteriores, y cuenta con una estrella para el papel protagonista, Debra Winger. Un film de encargo, pues, que cuenta con un planteamiento atractivo, y deudor sin duda de Eye of the Beholder de Marc Behm: la obsesiva persecución de una “viuda negra”, una mujer que asesina a sus maridos al poco tiempo de casarse, por una agente del FBI solitaria y con un pésimo historial sentimental, empezando por su jefe.

La primera parte del film no tiene nada de especial; en los primeros cinco minutos de la película ya se deja bien claro que Theresa Russell (la turbadora señora de Nicolas Roeg) es la asesina, y siguiendo sus andanzas Rafelson presenta un desfile de cameos: Lois Smith (hermana de Jack Nicholson en Mi Vida es mi Vida) como asistente del primer marido, Diane Ladd como hermana del segundo, y Dennis Hopper y Nicol Williamson (este en un papel algo más amplio) como segunda y tercera víctima, cuyo interés se reduce básicamente a su simple aparición, mientras, Winger comienza a investigar a la vez que huye del interés en ella de su jefe y su subordinado. El conflicto entre ambas sólo comienza a visualizarse en la secuencia en que Winger compara las posibles imágenes de la asesina en su casa: a la vez que trata de desenmascarar, siente cierta fascinación por alguien que podría tener la capacidad de conseguir lo que quiere de forma efectiva de la que ella carece o reprime. Winger no es capaz de evitar la muerte de Williamson, pero consigue dar con la asesina en Hawaii; a partir de aquí el guión se desmarca definitivamente de la novela de Behm y confronta a ambas protagonistas en una suerte de triángulo amoroso con un galán europeo que responde a los rasgos de Sami Frey -cómo no- quien repite más o menos su papel en Mortelle Randonée. Por supuesto, la primacía del triángulo amoroso sólo es aparente, en parte gracias a la ineptitud de los guionistas: realmente Frey está en medio de las dos mujeres, entre las cuales surge una obvia atracción mutua desde el primer momento y que le introducen en su juego: Russell lanza a Frey a los brazos de Winger, para luego recuperarlo y casarse con él. Winger se muere de celos, pero por Russell, quien le había pedido que tomase al francés en un primer momento.

Todas estas escenas están planteadas de manera rutinaria en el guión, que no difiere de cualquier otro thriller de finales de los 80 y principios de los 90. Afortunadamente, el talento de Rafelson detrás de la cámara le proporciona al filme todo aquello que el guión es incapaz de darle, especialmente en esta segunda parte: no cabe duda de que la ambigüedad de la relación Winger-Russell nos llega a través suyo, así como el conseguir que Russell se luzca en un papel tan mal escrito, que a pesar de los más bien patéticos ataques de asma, es rescatado por secuencias tan brillantes como la que abre el filme, el sensual primer encuentro de las protagonistas en Hawaii, la incursión de Russell en la habitación de Winger, y una referencia bastante obvia a la rutina asesina del personaje de Russell en la escena con Frey en la piscina, que podría haber quedado cercana a una obra de Joe Esterzhas y en la que Rafelson consigue añadir refinamiento y gracilidad a la obvia intención premonitoria de la secuencia. Cabe recordar que Rafelson se caracterizó en su tiempo por una fuerte influencia estilística (no tanto temática), de directores de la nueva ola francesa como Godard, y principalmente Eric Rohmer: autores de películas con tramas a menudo indeterminadas y desestructuradas; no importaba tanto lo que se contase, sino cómo era contado.

No hay en esa parte final, en definitiva, apenas planos, o personajes prescindibles (hasta James Hong borda su personaje de adorable patán en sus contadas escenas): Rafelson vacía la trama de todo elemento superfluo para que en ninguna escena deje de planear la creciente tensión sexual entre la calculadora asesina y su reprimida perseguidora, que obviamente tienen mucho en común, por ejemplo en cómo ambas reaccionan ante un mundo exterior que perciben como hostil, aunque reaccionen de forma distinta. Es una lástima que toda la trama se resuelva en una última secuencia que parece obra del productor y que ésta den la impresión de haber estado estar ante un film rutinario cuando se analiza su visionado en un primer momento. Ahora bien, si uno consigue mirar más allá del inevitable final hollywoodiense, estará ante un thriller estilizado e inteligente, más apegado al polar francés y a las fijaciones de Rafelson que a su condición de encargo.

Black Widow, de Bob Rafelson (1987). Guión de Reginald Bass. Interpretada por Debra Winger, Theresa Russell, Sami Frey, Nicol Williamson, Terry O’Quinn, James Hong, Lois Smith, Diane Ladd y Dennis Hopper.

Advertisements