De Boris Vian siempre me han gustado más los títulos de sus obras que el contenido; como que ofrecían más de lo que finalmente daban: El lobo-hombre, Escupiré sobre vuestra tumba, El arrancacorazones… Sin embargo, con Que se mueran los feos (escrita bajo el pseudónimo de Vernon Sullivan) ha conseguido llenarme de verdad. Sigue siendo igual de provocador, igual de tocapelotas, pero esta vez sin la seriedad de anteriores novelas suyas. Esta es una parodia del género negro que estaba de moda en la época, pero es probablemente mucho más. Empieza como suelen empezar todas las historias policíacas, con un asesinato, una investigación, etc., pero poco a poco empieza a perderse por caminos extraños donde la ironía se pierde para dar lugar al más puro delirio.

Hay que decirlo: es una noevla rara, rara, rara. Tremendamente ácida, corrosiva, malvada, adelantada a su época, chispeante, libérrima como lo pudieran ser en su época films como Casino Royal o What’s new, Pussycat?, Que se mueran… tiene todos los ingredientes necesarios para convertirse en una obra de culto. Es surrealista hasta cierto punto, adictiva e inteligente (hay que ser muy listo para idear un argumento tan descabellado). Si buscas seriedad, te va a decepcionar. Aunque empieza de forma más o menos seria (con la investigación de turno y todo eso), ten en cuenta que hacia la mitad del libro la cosa se desmadra; no intentes atar cabos, porque entonces la historia se caería en pedazos. Lo mejor es dejarse llevar por el encadenado de gags y por la prosa desenfadada de Vian y olvidarse de los sinsentidos y las contradicciones que ofrece la trama (personajes que aparecen y desaparecen sin venir a cuento, situaciones estrambóticas e inverosímiles…). Seguro que a muchos no les gusta, no es un plato fácil de digerir (por infrecuente), pero una novela en la que se experimenta con seres humanos en plan doctor Moreau, en la que los perros pueden hablar, y que termina con una multitudinaria orgía no puede ser mala en la vida.

Seguramente quede relegada a obra menor en el conjunto de su bibliografía, eclipsada por la mítica Escupiré sobre vuestra tumba, pieza salvaje que lo reafirmó como autor de culto y enfant terrible. No obstante, simpre me ha parecido algo irregular la historia de Lee anderson y su particular venganza. No sé porqué, pero la suelo equiparar a Easy Rider, en el sentido de que ambas, novela y película, parecen poco más que un desfile de provocaciones con más o menos gracia, más o menos acertadas, pero no es hasta el final cuando cuando cobran su verdadero sentido. Muy recomendable, por supuesto.

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