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Antes de la majestuosidad cromática de dos clásicos indiscutibles como Narciso Negro y Las zapatillas rojas, el dúo formado por Michael Powell y Emeric Pressburger rodó este delicioso ejercicio de estilo que no se molesta en ocultar su naturaleza de obra coyuntural destinada a teorizar (con inusitada sensibilidad) sobre la necesidad del combate bélico cuando las circunstancias así lo exigen, pero siempre contemplado desde un punto de vista humanista y atendiendo a valores hoy tan caducos como son el honor, el valor y el respeto al prójimo. Esto puede sonar muy conservador o reaccionario, pero conviene insistir en que la película está rodada en 1943, justo en plena Segunda Guerra Mundial, por lo que gran parte de su papel consiste en realzar la moral y animar a afrontar los nuevos tiempo con la cabeza bien alta. Sin embargo hay un tema que trata la película que me ha llamado más la atención: el del paso del tiempo, la adaptación al cambio y a las circunstancias, reflejado en la película mediante ese emotivo triángulo sentimental formado por los tres protagonistas.

Y es que la película va mucho más allá de su elegante e inteligente patriotismo (en ningún momento se les ocurre condenar al pueblo alemán), puesto que también habla, con mesura pero sin pelos en la lengua, de las cosas que dan sentido a la vida: las esperanzas de juventud, los errores que nos marcarán hasta el fin de los días (qué preciosidad la historia de amor del coronel y Deborah Kerr, y qué inteligente la idea de hacerla interpretar tres papeles diferentes), la experiencia que iremos adquiriendo con el paso de los años, la aceptación de lo inevitable… Por supuesto, todo esto está rodado de forma asombrosamente nítida, con una puesta en escena atenta al detalle, teatral cuando tiene que serlo, iluminando y resaltando tonalidades que enfatizan los aspectos dramáticos de cada secuencia, haciendo un uso acertadísimo de la elipsis y el flash-back y dejando a los actores adentrarse en sus personajes, sacando todo lo que tienen dentro. El resultado final es una película modernísima, que en contra de lo esperado no ha perdido ni un ápice de su vigencia, y que sigue fascinando quizás por la sabiduría con que afronta conceptos tan elementales como la amistad, el amor y la muerte. Quizás porque se centra en las personas y deja de lado moralinas innecesarias. Quizás porque supedita lo humano frente a palabras huecas y rimbombantes que no dicen nada.

The Life and Death of Colonel Blimp, de Michael Powell y Emeric Pressburger (1943). Guión de Michael Powell y Emeric Pressburger. Interpretada por James McKechnie, Neville Mapp, Vincent Holman, Roger Livesey, David Hutcheson, Spencer Trevor, Roland Culver, James Knight, Deborah Kerr, Dennis Arundell, David Ward, Jan Van Loewen, Valentine Dyall, Carl Jaffe y Albert Lieven.

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