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La relativa prosperidad del cine “alternativo” americano, apoyada por fenómenos mediáticos como Sundance, hacen que en este sector convivan técnicos, clones, ególatras con pretensiones, animales de estudio necesitados de credibilidad, “outsiders” con estrellas a su servicio.. pero en definitiva, autores más bien unidimensionales en cuyas obras la línea entre la autoría y el piloto automático, el discurso personal y la pertenencia a la propia escena acostumbra a estar bastante difusa. David O. Russell es un producto más de esta oleada, deudor en parte de la faceta más excéntrica y ególatra de Steven Soderbergh, si bien este no alcanza las cotas de egolatría del autor de Sexo, Mentiras y Cintas de Vídeo; Russell prefiere jugar con el público habituado a este cine supuestamente “outsider”, pero sin embargo cada vez más habituado a reciclar trucos tan viejos como obvios, sean de Hartley, Cassavetes, Altman, o el propio Soderbergh -quien ya tomó prestado de los antes mencionados, y Alan Rudolph-, lo que le ha dado cierto éxito en la divertida, brillante por momentos, pero confusa en su desenlace, y sobre todo fallida en el desarrollo de los personajes Tres Reyes.La falta de definición a la hora de diferenciar entre lo que se mostraba y el enfoque con que era presentado no vuelve a darse en Extrañas Coincidencias, que cuida sobremanera la visión de su autor.

En este filme, una serie de personas, a cada cual más neurótica, paranoica o acomplejada, reciben los desconcertantes consejos de una serie de pretendidos gurús, mientras la cadena comercial Huckabees planea hacerse con una finca que dice proteger sinceramente, vía Shania Twain. No es difícil deducir que se trata de una inversión del planteamiento de su film anterior; aquí los personajes viven unos ridículos conflictos internos en medio de pacíficas, rutinarias e interminables junglas residenciales; un contexto sólo capaz de sacar de ellos su lado más mezquino y ególatra, orgullosos de su condición y convencidos de su supremacía moral, o bien necesitados de teorías o doctrinas que aplaquen su sentimiento de culpabilidad, de cualquier tipo de respuesta más allá del hecho de que el tedio o la autocomplacencia los invaden, por la distancia que hay entre lo que dicen desear y apoyar, y sus propios actos.

La supuesta idea del filme queda ampliamente expuesta a lo largo del mismo; Russell se encarga esta vez de dirigir sus dardos con precisión, y hacer reir a menudo y sin esfuerzo, lo que es de agradecer. Sin embargo, no anda tan inspirado a la hora de crear unos personajes y un hilo conductor que trasciendan los aislados momentos de genialidad; se quedan en arquetipos a medida de la historia, tan ajustados a su finalidad en la misma que resulta imposible empatizar, o siquiera comprender a cualquiera de ellos. Algo preocupante que acaba siendo casi insultante cuando a actores como Lily Tomlin, Dustin Hoffman, y especialmente, Isabelle Huppert, se les da un material tan pobre para trabajar; a pesar de ello la mejor escena del film la lleva la propia Huppert al fotografiar a Schwartzman; es uno de los momentos aislados en que el filme consigue llamar la atención del espectador por el lado emocional – aunque no se sepa muy bien para qué- porque casi la única vez en que la banda sonora de Jon Brion consigue encajar en el filme para la que está compuesta.

Russell saca de esta experiencia algunos logros interesantes, mostrando por momentos una lucidez ampliamente superior a la media dentro del cine americano. Dominado por algún tipo de espíritu del cine de los 70, trata de dar un puntapie a la audiencia, y también a los estudios, de repente tan concienciados con el cine de arte y ensayo (la historia de Huckabees y las marismas es una referencia más que clara). Desgraciadamente, de esta experiencia la mayor parte se queda en unas buenas intenciones, y un filme de una primera digestión superficial, lo que paradójicamente lo convierte en el producto “Huckabees” que pretende denunciar. David O. Russell, con una personalidad cinematográfica más definida que la de buena parte de contemporáneos, debe aprender a transmitirlas en sus filmes, de ejercer como director, en definidas cuentas, como Alan Rudolph es capaz de crear interés a partir de planteamientos tan mediocres como el de Pensamientos Mortales.

I Heart Huckabees, de David O. Russell (2004). Guión de David O. Russell y Jeff Baena. Música de Jon Brion. Interpretada por Jason Schwartzman, Mark Whalberg, Jude Law, Lily Tomlin, Dustin Hoffman, Naomi Watts, Isabelle Huppert, Tippi Hedren.

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