Kurt Vonnegut, aparte de uno de los autores estadounidenses más lúcidos e imaginativos, fue también uno de los supervivientes del terrible bombardeo de Dresde que tuvo lugar durante la II Guerra Mundial y que acabó con la vida de 135.000 personas. Las causas que lo motivaron son todavía confusas, ya que en dicha ciudad no había ni fábricas de armamento ni nada que justificase una acción ofensiva de tamaña magnitud. Todo quedó, en fin, como un desgraciado error bélico. Que dicho error sea tan poco conocido (atención: el número de bajas que acarreó supera a los de la bomba atómica de Hiroshima) es algo sin duda insólito. Tal vez por este motivo (y por la necesidad vital de exorcizar sus dolorosos recuerdos de guerra a través de la escritura) Kurt Vonnegut decidió narrar lo que allí vivió y sufrió. Y lo hace de la forma más complicada posible: confundiendo ficción y realidad, creando un alter ego (Billy Pilgrim) que se encontrará asímismo con su propia persona y que combinará sucesos verídicos con otros producto de la imaginación para acabar demostrando el absurdo de nuestra existencia.

Las miradas al pasado y al futuro, a la vida antes y después de la masacre, serán siempre irónicas, lacónicas y reflexivas, y el peso de la fortuna y del azar logrará equiparar lo demencial del período belíco con los disparates y las paradojas de la vida cotidiana (verbigracia: salvarte de un accidente aéreo y que tu esposa fallezca accidentalmente cuando va a verte al hospital), valiéndose de una enigmática cortina de humo que oculta las consecuencias terribles del bombardeo de Dresde relativizándolas, o sea, comparándolas con esos sucesos extraños que tienen lugar antes y después de dicha acción bélica (e incluyendo viajes en el tiempo y una estancia en el lejano planeta Tralfamadore). Esta estrategia de “no querer contar todo lo que pasó” y perderse en anécdotas que nunca tuvieron lugar bien pudiera deberse al afán de narrador totaal de ficción de Vonnegut (apasionado de la ci-fi y autor de decenas de novelas pulp), pero también podría ser una renuncia a hacer lo más fácil, o una incapacidad de afrontar unos hechos tan dramáticos que lo impulsa a refugiarse en el terreno de la fantasía, sin duda su especialidad. El caso es que todo esto aporta grandeza y complejidad a una obra que logra ilustrar, entretener y hacer cuestionarse muchas cosas al lector. Y si puede parecer en algún momento algo confusa o deslavazada, el propio Vonnegut nos los aclara en el primer capítulo: “si este libro es tan corto, confuso y discutible, es porque no hay nada inteligente que decir sobre una matanza. Después de una carnicería sólo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda silencioso para siempre”. Amén.

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