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Solemos ser algo contradictorios en nuestras apetencias. Lo es Rohmer, que lleva más de una veintena de filmes repitiendo lugares comunes sin reparo alguno; lo son los aficionados a su cine, que al igual que los de Woody Allen, van tras sus filmes aun sabiendo que es poco probable que les aporten nada nuevo, y lo son sus personajes, sujetos a lo largo ya de unas cuantas generaciones a unas problemáticas muy similares. A muchos artistas parecemos obligarlos a superarse con cada prodigio que realizan y no molestarnos en presenciar su caída, sea esta por falta o exceso de ambición; sin embargo Rohmer, además de realizar obras de calidad, posee un estilo propio, un gran ritmo de producción, y un universo de personajes bien tejidos que es común a la inmensa mayoría de sus obras.

No es de extrañar, pues, la importante legión de fans que tiene la obra del veterano realizador francés, que sin embargo no consideran a este film una de sus obras más brillantes, quizás por su aparente ligereza; ligereza propia de la estación en que se ambienta el filme, por otra parte… los protagonistas están huyendo de sus rutinas; un trabajo de oficinista, el fin de la vida universitaria, el regreso de una relación alejada durante largo tiempo… se sirven de las caprichosas consecuencias que los enlazan como una forma de escapar de la monotonía. No son vínculos más allá de lo superficial, nada tiene una importancia capital; ninguno de ellos parece tener mayor perspectiva que la de esos días que tienen por delante, afortunadamente para unos, desgraciadamente para otros.

Se puede comentar mucho más de Cuento de Verano (en la superficie, no deja de ser una de las mejores comedias románticas que se han hecho, al menos en cuanto a romanticismo platónico) pero en esencia no tiene mucho más que ofrecer, afortunadamente: el error sería precisamente exigirle más a una estación poco dada a dilemas existenciales (los mismos que Marie Rivière intenta esquivar de una vez dichosa en El Rayo Verde). Rohmer, además de devolvernos a la maravillosa Amanda Langlet, tan luminosa y encantadora como tres lustros atrás en Pauline en la Playa, hace de nuevo lo que se espera de él; en nuestra mano está buscarle tres pies al gato, o disfrutar de este trabajo.

Conte d’eté, de Eric Rohmer (1996). Guión de Eric Rohmer. Interpretada por Melvil Poupaud, Amanda Langlet, Gwenaëlle Simon y Aurelia Nolin.

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