Siempre lúcida y desencantada, la procaz e irreverente Lina Wertmüller saldó cuentas con la propia maldad inherente al ser humano realizando una de las aproximaciones más terribles e inteligentes a ese vergonzoso pedazo de historia engendrado en plena Segunda Guerra Mundial: el nazismo. Lo hace siguiendo los pasos de Pasqualino (Giannini, en una de las mejores interpretaciones de todos los tiempos), seductor de poca monta y fiel defensor de rancios y caducos valores como son la nobleza y el decoro, en este caso los de su propia familia: madre y siete hermanas. Así empieza, como descripción en flashback sardónica y pintoresca. Pero en el transcurso de la película esta irá mudando de piel sucesivamente, abriéndose a nuevas (y cada vez más tristes) lecturas.

Inicialmente todo hace pensar que estamos ante una farsa burda y tronchante de tintes negros y policíacos, a medio camino entre el western revisitado en clave irónica (el decadente duelo en el prostíbulo) y el más puro Fellini (esa carnales y lujuriosas hermanas); y de hecho es así: la comedia sirve como perfecto cauce a través del cual describir al personaje protagonista, tan patético y tierno a la vez, con sus (escasas) virtudes y sus (muchos) defectos, algo así como la perfecta representación de una Italia fascista encharcada en sus propias ansias de poder y grandeza, a la que la Wertmüller pone en su sitio en un espléndido diálogo no exento de cierto tono autocrítico. Pero luego todo se irá torciendo, los ángulos humorísticos se irán perfilando conforme avance la historia de Pasqualino, hasta desembocar en un tramo final en el que ya se ha sobrepasado la línea y no hay vuelta atrás: cualquier apunte cómico queda absolutamente fuera de lugar, sólo hay sitio para la lágrima y el dolor.

El talento de Wertmüller no sólo reside en su asombrosa capacidad para aunar comedia y drama, llegando incluso a hacer humor con un hombre ahorcado al fondo del plano (y sin recurrir a zafios sentimentalismos: ¡aprende, Benigni!), sino en crear metáforas perfectas para ilustrar el progresivo deterioro moral al que se expone el ser humano en su último afán por sobrevivir. No hay duda: la película es cristalina y demoledora, terrible en su diagnóstico y durísima en su exposición. Como no podía ser de otra forma, las palabras de Hobbes vuelven a mostrarse verdaderas (muy a nuestro pesar), y el sentimiento final es el de la rabia y la impotencia que nos atenaza cuando se impone sin remedio y ante nuestros ojos la locura colectiva más destructiva y terrorífica que se pueda imaginar. No por nada la película comienza con un extenso poema recitado en tono grave, mientras de fondo se suceden imágenes de caos, destrucción, muerte y desolación que preludian el claro devenir de nuestros días, ligados a un futuro opaco y desesperanzador: un futuro en el que la gente se mata por una simple manzana.

Pasqualino Settebelleze, de Lina Wertmüller (1953). Guión de Lina Wertmüller. Interpretada por Giancarlo Giannini, Fernando Rey, Shirley Stoler, Elena Fiore, Piero Di Iorio, Enzo Vitale, Roberto Herlitzka, Lucio Amelio y Ermelinda De Felice.

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