Si me gusta el cine de Abbas Kiarostami no es por su ritmo pausado, su tono contemplativo y su retorcida poética naturalista (que también), aunque sean estos los motivos de excelencia que más comúnmente suelen esgrimir los críticos a la hora de valorar su obra. Lo que verdaderamente me fascina de Kiarostami es su osadía conceptual y su absoluta falta de prejuicios, traducida en una impronta visual única que, a veces, también corre el riesgo de caer en la repetición y el tedio. La cosa se puede decir que empezó con Y la vida continúa (¿alguien vio Close-Up?), juego metacinematográfico que finalmente sólo se quedó en un bonito retrato de supervivencia y fortaleza de espíritu (que tampoco es moco de pavo) para adquirir auténticas dimensiones de grandeza en su posterior A través de los olivos, o cómo combinar ficción y (falsa) realidad con el único objetivo de rellenar el espacio vital latente en el fuera de campo, vía callada y esquiva love story de alcance universal. Pero para un servidor, la culminación de su riesgo creativo pertenece a la brillante El viento nos llevará, cinta de indudable belleza formal que a mí, sin embargo, me arrebata más por su angustioso tratamiento del suspense y por su obediencia ciega a esa máxima que afirma que “la respuesta no está al final del camino: la respuesta es el camino”.

¿Cuál es el principal problema de El sabor de las cerezas? Que no cuenta con dicha audacia expresiva y no se atreve a romper moldes génericos y trastocar los mecanismos de la gramática cinematográfica convencional. Es, digámoslo de una forma sencilla, menos experimental que los títulos antes mencionados (al menos en apariencia), de modo que los defectos que siempre han afeado las películas del director iraní se muestran ahora de forma más visible: los diálogos desnaturalizados, la dilatación de diferentes planos sin un fin concreto, un tono en exceso didáctico o explicativo, etc. El sabor de… sorprende negativamente por su torpeza a la hora de hablar de los Grandes Temas de la Humanidad (y he dicho hablar; es decir, lo que expresan verbalmente los diferentes personajes, porque Kiarostami es un genio a la hora de decirlo todo sólo en imágenes). Un ejemplo de ello podría ser ese chusco diálogo acerca de Dios y el suicidio, que más bien parece una pocha clase de teología para principiantes. En este sentido el film (que además incluye pasajes francamente aburridos) es retórico y hasta superficial, a lo que contribuye esa forma que tiene Kiarostami de viciar la realidad que presumiblemente quiere captar en toda su esencia. Me refiero a la dirección de actores y el modo de vertebrar cada encuentro y cada conversación; pese a tratarse de actores aficionados (o ni eso), la sensación de verosimilitud se pierde en gestos, dicciones y entonaciones de una inocencia casi amateur que se vuelve contraproducente, pues más que expirar verdad lo que hace es asfixiarla, coartarla con su inoperancia, de tal modo que el intento de aprehender la realidad contribuya a poner en pie una ficción intermitentemente artrítica, carente de nervio y naturalidad. Es entonces cuando se hace notar la ausencia de una idea brillante en la estructura del guión, pese a que a nivel argumental sí se muestre potente y segura.

¿A qué viene entonces mi entusiasmo? Viene a una de serie de factores que convierten a esta humilde (pero extraordinaria) obra en toda una lección de cine y de humanidad. Entre ellos, la evolución de su protagonista: es una historia que intenta modificar el prisma mediante el cual contemplamos la realidad, ya sea a través de bellas metáforas (el dedo roto), bellas historias (la que da título al film) y bellas y definitivas imágenes (la conjunción de sombras, un hombre que ha descubierto “algo importante” y una cascada de arena). Es mérito de Kiarostami hacernos cómplices de un recorrido vital que sabemos trascendental, plagado de dudas y revelaciones. Y es mérito de Kiarostami el regalarnos uno de los finales más hermosos, inteligentes y estremecedores que recuerdo, donde el autor de ¿Dónde está la casa de mi amigo? demuestra porqué es considerado uno de los mayores poetas del séptimo arte y uno de los observadores más lúcidos del entorno natural: el paisaje, repleto de Vida, aplasta, estruja directamente al protagonista y al espectador, estallando en toda su grandeza para poner en evidencia la pequeñez del ser humano. Un humanismo que, atravesado por un triste blues funerario al más puro estilo Nueva Orleáns y unas imágenes del propio rodaje que son “vida verdadera” (recurso personalísimo e indispensable), enamora y hace pensar. Definitivamente no es casualidad que finalice todos sus films con alguien perdiéndose en la lejanía, desintegrándose en la línea del horizonte. En cierto modo nos dice que la existencia es algo demasiado grande para ser encerrado en una única película, que siempre se extenderá más allá de nuestra mirada; por eso él sólo nos ofrece extractos, significativos pedazos de un Todo inabarcable. Que cada cual saque sus propias conclusiones al final del trayecto (que, en este caso y como suele ser habitual, resulta memorable).

Tam’e guilass, de Abbas Kiarostami (1997). Guión de Abbas Kiarostami. Interpretada por Homayon Ershadi, Abdolrahman Bagheri, Afshin Khorshid Bakhtiari, Safar Ali Moradi, Mir Hossein Noori y Ahmad Ansari.

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