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El caso de Betty Short queda debidamente resuelto al final, desde luego, pero las vidas de sus personajes siguen, de vuelta a la rutina; en La dalia negra, casi todos los sucesos, incluso los más brutales, deprimentes o grotescos son vistos con cierta distancia por el espectador, y por los propios personajes, que parecen destinados a penar eternamente en ese Los Ángeles atemporal y sin alma, no mucho más que platós habitados, como parece sugerir el plano cenital que une dos de las principales muertes. En reacción a la lógica excéntrica y superficial de la urbe, sus personajes han de ser necesariamente parodias de ellos mismos, o esforzándose por estar a la altura de los tópicos cinematográficos, haciendo un trabajo más de imitación que de interpretación, mucho más cerca, por tanto, de Doble cuerpo de lo que cabe deducir en un principio (la aparición fugaz de Gregg Henry es una referencia prácticamente directa a la secuencia de la clase de interpretación). John Garfield muta en Dana Andrews, y Betty Short en una Laura que vive a través de unas encantadoramente patéticas pruebas de casting y cuyo fantasmagórico, revelador apartamento es ahora un decadente y abandonado set de The Man Who Laughs.

Añadiendo la dosis de violencia manierista que uno debe esperar del autor y la potenciación de la artificiosidad angelina por parte de Vilmos Zsigmond, esta película río, no tan diferente estructuralmente Rois et Reine de Desplechin, tiene gran parte de su acierto en no tratar de llevarnos a ninguna parte, ni siquiera con el par de secuencias previas al final en que los Linscott no tan lejanos de la aristocracia tejana de Corazón salvaje, y con una Hilary Swank desacertada y sobreactuada más allá de la parodia general, y que arrastra con ella algunas percepciones contradictorias que impiden al film, en su fase Andrews, mantener la constante fascinación de la fase Gardfield. Desconcertará a quienes esperen un segundo L.A. Confidential; es más, La dalia negra posiblemente sea la parodia perfecta de esas expectativas -como bien podría entenderse ese tiro al plato de Andrews con los enseres Linscottianos, un poco de lucha de clases para las hordas bienpensantes de nuestro tiempo- y en su tono exageradamente artístico y distanciado, que resulta necesario para insuflar vida a un universo que se sumergió en las brumas en 1947, y que nunca ha tenido mayor intención de cambiar o evolucionar, si no ha sido para traicionarse a sí misma.

Black Dahlia, de Brian De Palma (2006). Guión de Josh Friedman, a partir de la novela homónima de James Ellroy. Fotografía de Vilmos Zsigmond. Interpretada por Josh Hartnett, Aaron Eckhart, Hilary Swank, Mia Kirshner, Scarlett Johansson, Fiona Shaw, Mike Starr, John Kavanagh, Rachel Miner, James Otis.

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