Stanislaw Lem es el escritor de ciencia-ficción que más me fascina, porque su acercamiento al género siempre acontece desde una perspectiva de extrema verité, más aún que en el caso de Asimov, Clarke o Scott Card. En su magistral Relatos del piloto Pirx recurre al tema central de toda su obra: la tecnología como ente aparentemente frío y perfecto frente al ser humano, en constante estado de perplejidad y dependiendo ciegamente de ella… aunque a veces le juegue malas pasadas. Es una forma más de calibrar la importancia del intelecto humano en un mundo futuro dominado por las máquinas y el pensamiento programado. El autor polaco lo tiene claro: si el porvenir cibernético que ya estamos experimentando es necesario y positivo (de eso no hay duda), tampoco debemos minusvalorar el componente humano, a fin de cuentas el único capaz de discernir las fallas que pueda ofrecer dicha tecnología. Estos riesgos quedan reflejados nítidamente en los dos últimos relatos, especialmente el último, Reflejo condicionado, donde la fe ciega en la aparente infalibilidad de la inteligencia artificial puede costar fácilmente la vida. Ética y crítica se dan la mano, pues, en la prosa quirúrgica y tremendamente adictiva de Lem, capaz de transformar lo anécdotico en profunda reflexión universal y de transmitir al lector, únicamente mediante su pericia descriptiva y su extraño y cadencioso tempo narrativo, la más profunda de las inquietudes (en Lem un paseo por la superficie lunar o una pequeña avería provocada por un par de moscas juguetonas son motivo de escalofrío). Y, por supuesto, no os perdáis al robot Terminus en el magnífico relato homónimo (una inteligente variación en torno al tema naútico de los naufragios y los barcos fantasmas), probablemente el más inquietante desde el HAL 9000 de 2001.

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