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Me hubiera gustado que no me hubiera gustado Mi vida sin mí. No he visto nada más de Isabel Coixet, pero la chica me cae un poco gorda: ese aire de intelectual resabiada, con las gafitas rosas de diseño, tan popi ella…como muy pretenciosa. Vamos, que empecé a ver la película lleno de prejuicios. Pues bien, a los quince minutos todos estos prejuicios se habían evaporado ante el talento de la Coixet. Y me dá rabia. Porque nada quedaría más cool que despotricar contra su película. Pero entonces estaría mintiendo, porque Mi vida sin mí es espléndida, en muchos sentidos.

Para empezar, es muy difícil encontrar en el cine (ya no digamos en el cine español) una película en la que los elementos que la componen alcancen un nivel tan elevado de armonía. Desde la música, seleccionada e intercalada con absoluta maestría (el Sometime later de Alpha tiene efectos balsámicos), hasta la iluminación, pasando por una planificación medidísima que dice mucho más de los personajes que decenas de insustanciales líneas de diálogo, o un reparto tan personal como acertado, con jugosas presencias de culto (Deborah Harry, Amanda Plummer o un conmovedor Julian Richings), todo se acopla y se funde en uno para dar luminosa forma a la triste vicisitud a la que se enfrenta la protagonista.

Además, Coixet demuestra un cuidado y un mimo en la construcción de los personajes (desde los principales hasta los secundarios, incluso los que son muy secundarios – es memorable el flashback de la enfermera con gafas), que suele ser inhabitual en el cine reciente; se nota que hay hojas y hojas de guión dedicadas a cada uno de ellos. Pero si hay algo que me ha llamado la atención por encima de todo, es la inteligencia y la sabiduría con la que la directora se acerca al tema de la muerte, sin recurrir a tremendismos innecesarios y, lo más importante, utilizándolo como el vehículo idóneo para hablar de la vida (Amenábar dijo algo parecido a propósito de Mar adentro, pero esto es diferente). Y cuando digo vida, pienso muy bien en lo que conlleva esta palabra, esto es: en todo lo que es parte esencial de nuestra existencia, esto es: el amor. El amor fraternal y el amor erótico. ¿Cómo lo hace? Pues de la única manera posible si no se quiere renunciar a la verdad. O sea, centrándose en los detalles.

Porque, al fin y al cabo, nuestra vida está formada por eso, por detalles, momentos sin importancia pero que se quedan anclados en nuestra memoria, que nos marcan para siempre. Y todos esos pequeños momentos de los que está hecha la película derrochan una sensibilidad muy especial, en la que se conjugan el (innegable) talento literario de Coixet (hay miles de ejemplos, pero las últimas palabras del personaje de Sarah Polley son para enmarcarlas) con una imaginería visual realmente estimulante (el uso de los colores, la forma en la que la cámara se acerca a los personajes, los rodea y después se aleja de ellos). También es cierto que a veces se pasa de lista o recurre a algún tic visual propio del cine indie americano más convencional, pero ocurre poco. Lo importante es que da una lección de cine y de vida, a la vez que nos transmite algo que todos ya sabemos: que el mundo sigue su curso una vez hemos muerto. Es algo lógico y evidente, pero viendo las últimas imágenes de esta película limpia y pura como una gota de lluvia, no deja de resultar algo terrible, casi inaceptable, aunque, en el fondo, reconfortante.

Y si todavía no sabes qué es el amor exactamente (como todos nosotros, como Carver), te puedo dar una pista: el amor es Mark Ruffalo viendo dormir a Sarah Polley en una lavandería vacía.

My Life Without Me, de Isabel Coixet (2003). Guión de Isabel Coixet, basado en una historia de Nanci Kincaid. Interpretada por Sarah Polley, Amanda Plummer, Scott Speedman, Leonor Watling, Deborah Harry, Maria de Medeiros, Mark Ruffalo, Julian Richings, Kenya Jo Kennedy y Jessica Amlee.

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