Tras una obra tan exhuberante como Mala sangre (Mauvais sang, 1986), parece claro que algo falla en esta película cuando no es tan entretenido verla como disertar sobre ella, un síntoma especialmente preocupante cuando hablamos de un cineasta tan dotado para crear belleza como Léos Carax. Utilizar el Pont-Neuf en obras como escenario, como oasis de marginalidad, pero también de libertad absoluta, en medio del superpijo centro parisino era en principio una idea perfecta para Carax, por mucho que luego constituyera la causa de su caída en desgracia (1). Tras una primera secuencia técnicamente brillante -la combinación de los dos coches: uno con una cámara subjetiva y otro con las manos de Édith Scob, que llevan al fortuito primer encuentro de Alex y Michèle en los bulevares desiertos- que enlaza perfectamente con el Carax de Mala sangre, hay un giro abrupto al realismo con el traslado de Alex a un albergue en Nanterre, antes de que la acción pase a centrarse definitivamente en el puente. No es una secuencia gratuita: sirve a lo largo de todo el filme para recordarnos lo cerca que están siempre los protagonistas de volver a caer en esa realidad de la que huyen con tanto ahínco.

De vuelta a París, de vuelta al puente, esa visión realista sólo se difumina paulatinamente, a medida que Alex y Michèle se van acercando el uno al otro y tratan de dejar a un lado el resto del mundo. En este tramo hay secuencias brillantes, como en la que Michèle presencia el número de Alex o el fantasioso encuentro con su ex, pero el Alex de aquí carece de la candidez del Alex de Mala sangre, y es difícil conectar rápidamente con sus emociones y motivaciones, así que entre una cosa y otra, Carax tarda casi una hora en llevar a sus personajes a donde los quería llevar e introducirse así en un universo cerrado, que es le resulta más cómodo: ya han creado un mundo para ellos en el que poder escapar de todos los demás, pero el muro es marcadamente frágil: igual de contra natura parece el romance entre la niña bien casi ciega y el politoxicómano y antisocial ex-actor circense que su emplazamiento en pleno centro chupiguay de París. Es un milagro que se evaporará en cualquier momento, pensará Alex. ¿Es verdaderamente amor, o una relación de dependencia? Su lucha por salvarlo es desesperada, violenta, destructiva y probablemente inútil: ni siquiera el reencuentro final parece ser otra cosa que el reinicio del ciclo destructivo, probable reflejo de la desintegración de la relación entre Carax y Binoche en la vida real. No parece haber paz para los dos mientras sigan juntos, y quizás por eso hace al final un último intento desesperado cuando emergen del agua y se embarcan en la lancha fluvial destino a Le Havre. Seguramente ese mundo en el que han emergido y en el que se abrazan inclinados cual mascarones de proa al son de Les Rita Mitsouko (2) ya no sea real, porque esa es la única forma de tener una última oportunidad, de intentar negar que su verdadero final está en esas aguas en las que Hans acaba sus días. Es una segunda hora magistral, lastrada por un comienzo demasiado dubitativo.

(1): Carax comenzó a rodar en 1988, cuando la alcaldía de París le concedió un permiso de rodaje en el puente de algo menos de dos semanas. Se decidió que las escenas diurnas se rodarían en el puente y que se construiría un set para las nocturnas, para lo que hubo que recrear el puente y sus alrededores a escala real en un lago al sur de Francia. Todo se torció cuando, en medio del permiso, Denis Lavant se rompió una pierna, lo que forzó la paralización del rodaje. No se pudo conseguir un nuevo permiso y los costes de mantenimiento del set alcanzaron tales cifras que los productores le dejaron tirado. El proyecto quedó en punto muerto hasta que en la primavera del 89 otro productor se comprometió a poner el dinero para continuar el rodaje. Sin embargo, éste se retiró al poco tiempo, incapaz de hacer frente a los gastos, y no sería hasta el festival de Cannes en 1990 cuando un tercer productor pone los fondos necesarios para finalizar la película, lo que todavía llevaría otro medio año: el resultado fue que una película sobre unos vagabundos en un puente se convirtió en la película más cara de la historia del cine francés (costó 28 millones de dólares frente a los 19 de Bailando con lobos (Dances with Wolves, Kevin Costner, 1991) por ejemplo) hasta el estreno de El quinto elemento (Le cinquième element, Luc Besson, 1997).

(2): La canción utilizada es Les Amants, única pieza musical original del filme. Al igual que pasase con el Modern Love de Bowie en Mala sangre, esta canción resultona se convierte en una obra extraordinaria en manos de Carax (y que le hace a uno imaginar la de pasta que podría haber hecho dirigiendo clips). En Los amantes… también sale una canción de Bowie, Time Will Crawl, pero no funciona tan bien.

Les amants du Pont-Neuf, de Léos Carax (1991). Guión de Léos Carax. Fotografía de Jean-Yves Escoffier. Interpretada por Denis Lavant, Juliette Binoche, Klaus-Michael Grüber y Chrichan Larsson.