Cine americano


Esta es una película bélica excepcional que sólo se ve lastrada por ese deseo (tan falsamente liberal y tan propio de este género) de loar a toda costa el honor de la batalla a la vez que se proclama una necesidad de entendimiento entre razas y religiones que es todo hipocresía, y que en el filme se manifiesta en un par de diálogos bastante elementales y ridículos. Por supuesto, la capacidad de redimirse y apropiarse de los buenos sentimientos que predican ingleses y americanos en pleno fragor guerrillero del África ocupada por nazis y fascistas durante la II GM sólo es permeable a bonachones soldaditos italianos con bambina esperando en casa, pero no a un sucio y despiadado alemán, traidor por naturaleza y asesino sin escrúpulos.

Esto, de todos modos, supone un defecto perdonable teniendo en cuenta el año de su producción. Más vale fijarse en lo demás: una vibrante peripecia de supervivencia en el desierto (con ecos a La patrulla perdida de Ford) que muestra muy a las claras, aún sin ser decididamente antibelicista, el horror que siempre implica la guerra. Además, tiene un par de ideas de guión muy locas y efectivas, y el ritmo está tan endiabladamente conseguido (y mantiene un crescendo dramático tan bien dosificado) que hace prácticamente imposible que uno pueda llegar a aburrirse. Mención especial para la fotografía del gran Rudolph Maté. Muy entretenida.

Sahara, de Zoltan Korda (1943). Guión de John Howard Lawson, Zoltan Korda, James O’Hanlon y Sidney Buchman, basado en una historia de Philip MacDonald. Interpretada por Humphrey Bogart, Bruce Bennett, J. Carrol Naish, Lloyd Bridges, Rex Ingram, Richard Nugent, Dan Dunyea, Carl Harbord, Patrick O’Moore, Louis Mercier, Guy Kingsford, Kurt Kreuger y John Wengraf.

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Creo que no yerro al afirmar que Joss Whedon es uno de los escasísimos autores actuales capaces de aunar en sus obras trascendencia y sana diversión. Su nombre aparecía en el guión de la fundamental Toy Story y de otra perla infravalorada de la animación moderna, Titán A.E. Esto, claro, sin contar sus revolucionarios trabajos para la televisión, con Buffy cazavampiros a la cabeza. De hecho, Serenity es la traslación a la gran pantalla de la televisiva (y frustrada) Firefly, proyecto de ci-fi que no terminó de convencer a los que tienen la última palabra. Y casi mejor, porque gracias a ello podemos disfrutar ahora de este espectacular y radiante western galáctico, con sus forajidos, sus “indios” y sus duelos cara a cara.

Se me ocurre que Serenity es lo que George Lucas buscó y requetebuscó para clausurar su célebre epopeya espacial pero no llegó a encontrar jamás: una space-opera fluidísima, divertida, con una trama inteligente y absorbente y unas cargas de profundidad que golpean de imprevisto al espectador, confirmando que este tipo de cine también puede hacerte pensar (dos momentazos tristes y poéticos valgan como ejemplo: la llegada al planeta muerto o el Señor Universo con su amada robot). Pero lo que manda es el ritmo y la acción, no a la manera boba y plomiza de Riddick, sino la del primer Spielberg (por decir un ejemplo claro), con sus delirios fantásticos, sus guiños cinéfilos y su implacable narrativa. Además tiene un reparto atractivo y desconocido o semidesconocido (mejor), combates cuerpo a cuerpo memorables, varias ideas inteligentes por ahí desperdigadas, diálogos ingeniosos y con más chicha que la mayoría de los de este tipo de productos y un desvío final al terreno del cine de zombies que termina de redondear la jugada.

Casi con toda seguridad la mejor película de ciencia-ficción del año 2005, por su falta de pretensiones y su agradable recuperación del espíritu lúdico y festivo del primer Lucas. Toda una oda al disfrute pleno y sin concesiones (siempre que se sintonice con el tema, por supuesto), que ya es mucho echando un ojo a la cartelera.

Serenity, de Joss Whedon (2005). Guión de Joss Whedon. Interpretada por Nathan Fillion, Gina Torres, Alan Tudyk, Morena Baccarin, Adam Baldwin, Jewel Staite, Sean Maher, Summer Glau, Ron Glass, Chiwetel Ejiofor, David Krumholtz, Michael Hitchcock, Sarah Paulson, Yan Feldman, Rafael Feldman, Nectar Rose, Tamara Taylor, Glenn Howerton y Hunter Ansley Wryn.

La casa de los 1000 cadáveres fue una de las mejores películas de terror estrenadas en el 2003. Y si en ella el espectador se daba de bruces ante un macabro recital de guiños cinéfagos que iban desde La matanza de Texas a las modestas series B de William Castle, todo ello barnizado con un look moderno y circense que era una delicia para cualquier goremaníaco de a pie, en esta continuación de las hazañas de la familia Firefly nos topamos ante el horror en su forma más hiperrealista, ese que te pone en la piel del torturador y el asesino, aniquilando el factor terrorífico pero enfrentándote a otro terror más inquietante: el que cuestiona los límites de maldad (por una parte) y de resistencia (por otra) propios del ser humano. Donde antes había estimulante oscuridad y diversión de género ahora hay seca, calzinante claridad, llena de polvo y un retorcimiento ético que afecta a todos los personajes. Para entendernos: estamos más cerca de La última casa a la izquierda (o de I spit on your grave) que del splatter y la diversión halloweeniana.

Los renegados del diablo (que es la historia de una huida, que es la historia de una venganza, que es la historia de una revelación) sigue manteniendo la potencia visual y el brío narrativo de su antecesora, pero a la vez nos presenta un panorama moral infecto y espinoso que la hace aún más interesante. Mediada la película se invierten los papeles principales y uno ya no tiene tan claro quién actúa correctamente o quién es mejor que quién. Es tan ambigua que muchos la tratarán de inmoral y detestable. Quizás lo que el señor Zombie nos viene a decir es que todos llevamos a un pequeño psicópata en nuestro interior, sólo hace falta que se alineen nuestros soles particulares (en el caso del sheriff -ciclópeo William Forshyte- un punzante dolor en forma de hermano muerto) para que este salga a la luz. Por lo demás, el fan de horrores viscerales y zarrapastrosos (pero de calidad) disfrutará sin problemas con esta familia disfuncional y “entrañable” (con mención especial para la guapa Sheri Moon, tan cabrona como siempre) y su particular catálogo de barbaridades, sobre todo si estas tienen lugar en un motelucho perdido en medio de la América profunda.

The Devil’s Rejects, de Rob Zombie (1953). Guión de Rob Zombie. Interpretada por Sid Haig, Bill Moseley, Sheri Moon, William Forsythe, Ken Foree, Matthew McGrory, Leslie Easterbrook, Geoffrey Lewis, Priscilla Barnes, Dave Sheridan, Kate Norby, Lew Temple, Danny Trejo, Dallas Page y Brian Posehn.

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Me hubiera gustado que no me hubiera gustado Mi vida sin mí. No he visto nada más de Isabel Coixet, pero la chica me cae un poco gorda: ese aire de intelectual resabiada, con las gafitas rosas de diseño, tan popi ella…como muy pretenciosa. Vamos, que empecé a ver la película lleno de prejuicios. Pues bien, a los quince minutos todos estos prejuicios se habían evaporado ante el talento de la Coixet. Y me dá rabia. Porque nada quedaría más cool que despotricar contra su película. Pero entonces estaría mintiendo, porque Mi vida sin mí es espléndida, en muchos sentidos.

Para empezar, es muy difícil encontrar en el cine (ya no digamos en el cine español) una película en la que los elementos que la componen alcancen un nivel tan elevado de armonía. Desde la música, seleccionada e intercalada con absoluta maestría (el Sometime later de Alpha tiene efectos balsámicos), hasta la iluminación, pasando por una planificación medidísima que dice mucho más de los personajes que decenas de insustanciales líneas de diálogo, o un reparto tan personal como acertado, con jugosas presencias de culto (Deborah Harry, Amanda Plummer o un conmovedor Julian Richings), todo se acopla y se funde en uno para dar luminosa forma a la triste vicisitud a la que se enfrenta la protagonista.

Además, Coixet demuestra un cuidado y un mimo en la construcción de los personajes (desde los principales hasta los secundarios, incluso los que son muy secundarios – es memorable el flashback de la enfermera con gafas), que suele ser inhabitual en el cine reciente; se nota que hay hojas y hojas de guión dedicadas a cada uno de ellos. Pero si hay algo que me ha llamado la atención por encima de todo, es la inteligencia y la sabiduría con la que la directora se acerca al tema de la muerte, sin recurrir a tremendismos innecesarios y, lo más importante, utilizándolo como el vehículo idóneo para hablar de la vida (Amenábar dijo algo parecido a propósito de Mar adentro, pero esto es diferente). Y cuando digo vida, pienso muy bien en lo que conlleva esta palabra, esto es: en todo lo que es parte esencial de nuestra existencia, esto es: el amor. El amor fraternal y el amor erótico. ¿Cómo lo hace? Pues de la única manera posible si no se quiere renunciar a la verdad. O sea, centrándose en los detalles.

Porque, al fin y al cabo, nuestra vida está formada por eso, por detalles, momentos sin importancia pero que se quedan anclados en nuestra memoria, que nos marcan para siempre. Y todos esos pequeños momentos de los que está hecha la película derrochan una sensibilidad muy especial, en la que se conjugan el (innegable) talento literario de Coixet (hay miles de ejemplos, pero las últimas palabras del personaje de Sarah Polley son para enmarcarlas) con una imaginería visual realmente estimulante (el uso de los colores, la forma en la que la cámara se acerca a los personajes, los rodea y después se aleja de ellos). También es cierto que a veces se pasa de lista o recurre a algún tic visual propio del cine indie americano más convencional, pero ocurre poco. Lo importante es que da una lección de cine y de vida, a la vez que nos transmite algo que todos ya sabemos: que el mundo sigue su curso una vez hemos muerto. Es algo lógico y evidente, pero viendo las últimas imágenes de esta película limpia y pura como una gota de lluvia, no deja de resultar algo terrible, casi inaceptable, aunque, en el fondo, reconfortante.

Y si todavía no sabes qué es el amor exactamente (como todos nosotros, como Carver), te puedo dar una pista: el amor es Mark Ruffalo viendo dormir a Sarah Polley en una lavandería vacía.

My Life Without Me, de Isabel Coixet (2003). Guión de Isabel Coixet, basado en una historia de Nanci Kincaid. Interpretada por Sarah Polley, Amanda Plummer, Scott Speedman, Leonor Watling, Deborah Harry, Maria de Medeiros, Mark Ruffalo, Julian Richings, Kenya Jo Kennedy y Jessica Amlee.

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El caso de Betty Short queda debidamente resuelto al final, desde luego, pero las vidas de sus personajes siguen, de vuelta a la rutina; en La dalia negra, casi todos los sucesos, incluso los más brutales, deprimentes o grotescos son vistos con cierta distancia por el espectador, y por los propios personajes, que parecen destinados a penar eternamente en ese Los Ángeles atemporal y sin alma, no mucho más que platós habitados, como parece sugerir el plano cenital que une dos de las principales muertes. En reacción a la lógica excéntrica y superficial de la urbe, sus personajes han de ser necesariamente parodias de ellos mismos, o esforzándose por estar a la altura de los tópicos cinematográficos, haciendo un trabajo más de imitación que de interpretación, mucho más cerca, por tanto, de Doble cuerpo de lo que cabe deducir en un principio (la aparición fugaz de Gregg Henry es una referencia prácticamente directa a la secuencia de la clase de interpretación). John Garfield muta en Dana Andrews, y Betty Short en una Laura que vive a través de unas encantadoramente patéticas pruebas de casting y cuyo fantasmagórico, revelador apartamento es ahora un decadente y abandonado set de The Man Who Laughs.

Añadiendo la dosis de violencia manierista que uno debe esperar del autor y la potenciación de la artificiosidad angelina por parte de Vilmos Zsigmond, esta película río, no tan diferente estructuralmente Rois et Reine de Desplechin, tiene gran parte de su acierto en no tratar de llevarnos a ninguna parte, ni siquiera con el par de secuencias previas al final en que los Linscott no tan lejanos de la aristocracia tejana de Corazón salvaje, y con una Hilary Swank desacertada y sobreactuada más allá de la parodia general, y que arrastra con ella algunas percepciones contradictorias que impiden al film, en su fase Andrews, mantener la constante fascinación de la fase Gardfield. Desconcertará a quienes esperen un segundo L.A. Confidential; es más, La dalia negra posiblemente sea la parodia perfecta de esas expectativas -como bien podría entenderse ese tiro al plato de Andrews con los enseres Linscottianos, un poco de lucha de clases para las hordas bienpensantes de nuestro tiempo- y en su tono exageradamente artístico y distanciado, que resulta necesario para insuflar vida a un universo que se sumergió en las brumas en 1947, y que nunca ha tenido mayor intención de cambiar o evolucionar, si no ha sido para traicionarse a sí misma.

Black Dahlia, de Brian De Palma (2006). Guión de Josh Friedman, a partir de la novela homónima de James Ellroy. Fotografía de Vilmos Zsigmond. Interpretada por Josh Hartnett, Aaron Eckhart, Hilary Swank, Mia Kirshner, Scarlett Johansson, Fiona Shaw, Mike Starr, John Kavanagh, Rachel Miner, James Otis.

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Impresionante. Tenía tantas esperanzas depositadas en Spielberg que temía que al final acabara decepcionándome. Afortunadamente no ha sido así, porque esta pavorosa huida hacia delante está tan bien contada y con tanta fuerza, que a uno sólo le queda dejarse llevar por los juegos de magia del mejor prestidigitador del mundo y disfrutar. Película oscura, pesimista en grado sumo, avasalladoramente física, te arrastra con la fuerza de un tornado a través de su narrativa tensa, siempre ascendente, a veces trágica y casi siempre poética (la belleza de la muerte y la destrucción, la locura y la desesperación de las masas, tan bien narradas por Welles) y de su impactante y magnético empaque visual.

Spielberg hace (de nuevo) fácil lo difícil, filma secuencias prodigiosas de elaboración casi imposible como quien resuelve un crucigrama, saca provecho a los espacios cerrados mediante el estudio del espacio y, sobre todo, logra sumergirnos en el interior del infierno que viven los protagonistas con absoluta normalidad, transmitiéndonos un terror auténtico y perturbador que deja en ridículo a otras producciones del mismo tipo. También hay momentos de intimidad y emoción dignísimos, y otros que se arrastran lamentablemente por la vertiente sentimentaloide marca de la casa. Peaje minúsculo para poder disfrutar de un espectáculo de ciencia-ficción terrorífica que va un paso más allá en intenciones y resultados que cualquier otra obra del género y que debería de una vez por todas acallar a los que arremeten contra el autor de Tiburón alegando siempre los mismos motivos. Esto es Cine, con mayúsculas.

War of the Worlds, de Steven Spielberg (2005). Guión de Josh Friedman y David Koepp, sobre la maravillosa novela de H. G. Wells. Interpretada por Tom Cruise, Dakota Fanning, Miranda Otto, Justin Chatwin, Tim Robbins, Rick González, Yul Vázquez, Lenny Venito, Lisa Ann Walter, Ann Robison, Gene Barry, David Alan Basche,Roz Abrams, Michael Brownlee y Camillia Sanes .

Pocos autores han retratado con tanta sabiduría del dolor, con tanta poesía descarnada y tanta fuerza el mundo de la mafia y los bajos fondos como Samuel Fuller, y un buen ejemplo de ello es este Underworld USA, historia de una venganza que se convertirá también en la crónica de un mundo corrompido que debe ser limpiado de tanta escoria y tantas malas hierbas. Será uno de los típicos y viriles antihéroes de su director (de esos tipos que cuando se declaran a una mujer lo hacen avergonzados y mirando hacia otro lado), un cachorro herido en su orgullo paterno-filial que creció entre cárceles y reformatorios incubando la semilla del rencor, el que se encargue de llevar a cabo tamaña hazaña, primero limitada a lo personal y luego extendida hasta llegar al huevo de la serpiente, más por un repentino ataque de conciencia social que por necesidad.

Fuller rueda con las tripas, nos clava a la pantalla con uno de esos comienzos que se le dan tan bien (recordemos el electrizante prólogo de The Crimson Kimono) y nos hiela la sangre al filmar con una templanza escalofriante el asesinato a sangre fría de una niña pequeña, en una escena que rebosa nervio y tensión por los cuatro costados. Por supuesto, el estilo de su autor sigue siendo tan rabioso, tan cruel, tan dolorosamente romántico (el final, con un Cliff Robertson tambaleante en medio de esas calles vacías y seguido por una cámara que no para un segundo, es espectacular) como cabía esperar, redondeando una de las obras más oscuras y perfectas de su director. Enorme película, gran obra maestra.

Underworld U.S.A., de Samuel Fuller (1961). Guión de Samuel Fuller. Interpretada por Cliff Robertson, Dolores Dorn, Beatrice Kay, Paul Dubov, Robert Emhardt, Larry Gates, Richard Rust, Gerald Milton, Allan Gruener, David Kent, Tina Pine, Sally Mills, Robert P. Lieb, Neyle Morrow y Henry Norell.

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