Ballet mecánique se inscribe en esa línea de experimentales cortometrajes/mediometrajes silentes que trasladaron el universo pictórico del arte abstracto al mundo del celuloide (Un chien andalou, Le sang d’un poète), todavía en pleno proceso de articulación gramatical. En este caso es el pintor Fernand Léger (con la complicidad de Dudley Murphy y Man Ray) el que vuelca su cubista concepción de la realidad en un juego cinemático y profundamente sensorial que estudia y expande los postulados teóricos de Eisenstein a propósito del montaje para crear una suerte de sinfonía visual (y sonora) con la que cuestionar el imparable proceso de mecanización vigente por aquel entonces (años 20), humanizando a los objetos y deshumanizando a las personas a partir de loops histéricos y juegos de perspectiva imposibles en lo que no es otra cosa que un anticipo primitivo del futuro fenómeno del videoclip. La fórmula, lejos del latente simbolismo (subjetivo pero descifrable) del Buñuel de la etapa muda, propone un viaje a una tierra de nadie vacía de significados, la misma que pisó Vertov para saber de qué iba realmente eso del lenguaje cinematográfico. Lírica, inquietante, incluso terrorífica (esa sonrisa perfecta -¡de Kiki of Montparnasse!- que nace y muere ad nauseam), el mensaje de esta imperfecta y sugerente pieza de relojería es el no mensaje (o todos los mensajes que quiera usted detectar), en fin, una catarata, algo extenuante y cansina, sí, pero sin duda valiosa y bastante adelantada a su tiempo, de sensaciones producto de una mente visionaria e inquieta que quiso aportar su granito de arena a la formulación de ese noble arte audiovisual que responde al nombre de Cine.

Ballet mecánique, de Fernand Léger y Dudley Murphy (1924). Guión de Fernand Léger. Fotografía de Dudley Murphy y Man Ray.