Documentales


He aquí otra historia de ascenso y caída de…, esta vez en formato documental. Menos vistosa que ese aviador de Scorsese tan rentable, pero igual o más penetrante, El chico que conquistó Hollywood pasa revista a la vida del mítico productor Robert Evans, una de las más fascinantes figuras del mundo del cine. Desde sus inicios como (pésimo) actor descubierto por Norma Shearer (¡guau!), hasta su paso a la producción de la Paramount, a la que impulsó a la primera posición de las productoras americanas (ante la mirada condescendiente de sus superiores) gracias básicamente a un taquillazo descomunal: Love story. Luego vendría su relación con Ali MacGraw, otro taquillazo (El padrino)… y su caída: drogas, ninguneo de los jefazos a los que había salvado de la bancarrota económica, implicación en un caso de asesinato que manchó su nombre con dramáticas consecuencias…

Narrada por el propio Evans, la película adopta una postura determinada para acercarse a la verdad de los hechos, que es como decir la verdad de Robert Evans (la frase que abre la película es aclaratoria); es decir, Evans cuenta lo que pasó tal y como él lo vivió, de ahí que a veces se caiga en un tono demasiado autoindulgente, en un victimismo pelín exagerado (el síndrome Ángel Cristo, vaya). No obstante, su fluidísimo ritmo, su enorme catálogo de imágenes de archivo y el tono levemente poético, siempre melancólico y triste de la narración, hacen de este documental una de las aproximaciones más sinceras y desgarradas a ese lado tenebroso del séptimo arte, donde las normas del dinero y el poder (a las que Evans no pudo ni quiso escapar: el sólo buscaba ganar) lo rigen todo, hasta el futuro de uno mismo.

Burstein y Morgen montan con inteligencia y precisión, y potencian el dramatismo de la narración con hallazgos visuales y alguna que otra metáfora más o menos conseguida, aunque caigan de vez en cuando en lo facilón (ese enorme jardín cubierto de hojas secas). Pecata minuta para este film ejemplar y poderoso, emocionante, narrado con un tono crepuscular que casi nunca carga las tintas y rematado por una sangrante parodia a cargo de Dustin Hoffman. El ocaso de los triunfadores como si nos lo hubiera contado el mismísimo Scott Fitzgerald: duele.

The Kid Stays in the Picture, de Nanette Burstein y Brett Morgen (2002). Guión de Brett Morgen, a partir de un libro de Robert Evans.

The Atomic Cafe: algo así como el documental definitivo sobre la historia de la energía nuclear aplicada a la guerra. Un repaso exhaustivo, sin voz en off que guíe al espectador (el brillantísimo montaje es más que suficiente), al nacimiento y desarrollo de la era atómica en Estados Unidos. Para ello recurre a todo, desde filmaciones del ejército a imágenes de noticiarios, animaciones educativas (increíbles algunas de ellas), canciones (impagables todas), entrevistas a eminencias políticas o simples soldados, etc. El conjunto se beneficia de un ritmo implacable que hace avanzar la Historia reciente con una claridad narrativa insólita mientras dibuja un retrato, a veces hilarante, otras simpemente terrorífico, de la paranoia atómica que se apoderó del pueblo americano en esos significativos años (amén de dejar en entredicho la típica imagen del american way of life). Un documental extraordinario que toca de lleno algunos de los sucesos más importantes del siglo XX (Hiroshima, la Guerra Fría y la Guerra de Corea, el peligro comunista) y muchos de los momentos esenciales durante el desarrollo del armamento químico: las pruebas en las islas Bikini (se te pone un nudo en la graganta viendo a los inocentes nativos accediendo a abandonar su tierra para que la destruyan en pos del futuro pacífico de la humanidad), la detallada ejecución del matrimonio Rosenberg (gallina en piel), el uso de marines como conejillos de indias en las pruebas de Yucca Flats, los surrealistas ducumentales propagandísticos, la campaña educativa del “Agáchate y cúbrete”, etc. Soberbio documental, de verdad. Una veces divierte, otras te hiela la sangre. Hay que verlo para creerlo.

Por cierto, todo esto mucho mejor explicado y recomendado por el señor Absence, gracias al cual descubrí este tremenda pieza cómico-terrorífica (como la describió cierto crítico en su momento).

The Atomic Cafe, de Jayne Loader, Kevin Rafferty y Pierce Rafferty (1982).

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Stop Making Sense es el resultado de la grabación de varios conciertos de la banda Talking Heads a finales del año 1983, promocionando el álbum Speaking in Tongues. Calificarla de documental no le haría mucha justicia, al menos en el relativo sentido de considerar que no se está ante una obra de no ficción, que no es tanto el director quien observa un acto, como la organización de un espectáculo por parte de la banda con objeto de ser filmado, aunque fuera ante miles de personas en un teatro neoyorkino. Tampoco es casual la elección del momento para llevar a cabo la filmación; viendo vídeos de la banda, se puede percibir que son una banda sumamente efectiva y dinámica en directo, al menos desde la época con Brian Eno, si bien presentara álbumes deslabazados, de temática oscura, cuando no directamente paranoide, y sometiendo sus variadas influencias estilísticas a una cierta disciplina técnica -como ocurriría en King Crimson al llegar el ex-Talking Head Adrian Belew, cuyo debut se titulaba precisamente Discipline-. En Speaking on Tongues daban por terminada su colaboración con el ex-Roxy Music, y las mismas raíces pop, rock, funk o soul surgían en medio de estructuras pop, de temas que a menudo subordinaban la coherencia de las letras a su musicalidad. Un disco accesible y comercial que vendió muy bien, y que seguramente hizo ganar muchos fans a la banda.

Lógicamente, este álbum es la principal referencia musical del espectáculo, empezando por Burning Down the House, que quizás no resista ninguna interpretación sesuda pero lleva adjunta una melodía pegadiza y el empuje de la nueva banda, sin Belew pero recrecida con miembros de formaciones como Parliament/Funkadelic; lo que se pierde en técnica y precisión se gana en entusiasmo, energía y empatía con el público mientras sacan brillo a las nuevas composiciones y retoman varias de las antiguas, con mayor o menor éxito (Life During Wartime, libre del influjo disco es uno de los mejores temas, mientras que los temas del Remain in Light sufren de exceso de sintetizadores a la hora de cubrir el hueco de la guitarra de Belew). Byrne aporta el concepto, y el giro en su aportación compositiva se traslada a escena reinventándose como “showman”, el garante del espectáculo, sirviéndose del cuerpo para expresar muchas de las ideas que antes reposaban sobre las letras; al igual que el mimo Baptiste en Los Niños del Paraíso, Byrne sabe que el cuerpo es el mejor medio de transmitir sensaciones, y el disfrute por la propia música, una expresividad es tan marcada que roza la estupidez sin llegar a caer en ella, y que por momentos parece tomar un sentido coherente (en Making Flippy Floppy, las palabras sueltas de la pantalla del fondo van pasando poco a poco a convertirse en ideas), y dotar de dimensión a los nuevos temas; This Must Be the Place parece cálida en un principio, pero también cuesta discernir si es una canción de amor, o una observación irónica. Finalmente, deja de lado los aspavientos más excéntricos, y de repente nos encontramos ante otro Byrne, honesto, maduro y relativamente optimista tras las sombrías experiencias con Eno .

El filme fue confeccionado a lo largo de varias actuaciones (dos, posiblemente) debido a que en cada una de ellas se filmaba desde un lado distinto del escenario. Demme podía filmar un mismo espectáculo varias veces desde un diferente punto de vista, algo imprescindible pretendiendo fisgonear lo máximo posible por los entresijos del espectáculo. No se dan pinceladas de lo que ocurre, sino que se mantienen largos planos… busca el ambiente del escenario y no el del público, porque no se trata de reproducir la experiencia del espectador, incompleta, incoherente y descoordinada: Stop Making Sense es un filme sobre el espectáculo y su concepto, de lo que disfrutamos y de cómo se fabrica aquello que nos hace disfrutar; por eso es lógica la introducción del filme, con un solo en el escenario defendiendo Psycho Killer, y cómo según avanzan los temas se le va juntando el resto de la banda, y con ella la estructura del escenario. Y es, por supuesto, un filme con trama, sea ficción o no; desde la peculiar combinación de temas hasta las a menudo extravagantes caracterizaciones de Byrne, es difícil saber qué es lo que pasará a continuación, aunque es fácil intuir que será siempre más apasionante que lo anterior. Byrne entiende bien la idea de ofrecer un espectáculo, y que como las variedades a principios de siglo o un musical de la metro a mediados, en los 80 el modo más efectivo de contactar con las masas ya eran los conciertos de rock, y da la diversión que cabe esperar a la vez que, como cuando escribía de peinados, comidas y edificios, siempre de conceptos ingeniosos y retorcidos con los que jugar.

Stop Making Sense, de Jonathan Demme (1984). Idea original de David Byrne. Interpretada por David Byrne, Tina Weymouth, Chris Frantz, Jerry Harrison, Bernie Worrell, Alex Weir, Ednah Holt, Lynn Mabry, Steven Scales.