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Stanislaw Lem es el escritor de ciencia-ficción que más me fascina, porque su acercamiento al género siempre acontece desde una perspectiva de extrema verité, más aún que en el caso de Asimov, Clarke o Scott Card. En su magistral Relatos del piloto Pirx recurre al tema central de toda su obra: la tecnología como ente aparentemente frío y perfecto frente al ser humano, en constante estado de perplejidad y dependiendo ciegamente de ella… aunque a veces le juegue malas pasadas. Es una forma más de calibrar la importancia del intelecto humano en un mundo futuro dominado por las máquinas y el pensamiento programado. El autor polaco lo tiene claro: si el porvenir cibernético que ya estamos experimentando es necesario y positivo (de eso no hay duda), tampoco debemos minusvalorar el componente humano, a fin de cuentas el único capaz de discernir las fallas que pueda ofrecer dicha tecnología. Estos riesgos quedan reflejados nítidamente en los dos últimos relatos, especialmente el último, Reflejo condicionado, donde la fe ciega en la aparente infalibilidad de la inteligencia artificial puede costar fácilmente la vida. Ética y crítica se dan la mano, pues, en la prosa quirúrgica y tremendamente adictiva de Lem, capaz de transformar lo anécdotico en profunda reflexión universal y de transmitir al lector, únicamente mediante su pericia descriptiva y su extraño y cadencioso tempo narrativo, la más profunda de las inquietudes (en Lem un paseo por la superficie lunar o una pequeña avería provocada por un par de moscas juguetonas son motivo de escalofrío). Y, por supuesto, no os perdáis al robot Terminus en el magnífico relato homónimo (una inteligente variación en torno al tema naútico de los naufragios y los barcos fantasmas), probablemente el más inquietante desde el HAL 9000 de 2001.

Kurt Vonnegut, aparte de uno de los autores estadounidenses más lúcidos e imaginativos, fue también uno de los supervivientes del terrible bombardeo de Dresde que tuvo lugar durante la II Guerra Mundial y que acabó con la vida de 135.000 personas. Las causas que lo motivaron son todavía confusas, ya que en dicha ciudad no había ni fábricas de armamento ni nada que justificase una acción ofensiva de tamaña magnitud. Todo quedó, en fin, como un desgraciado error bélico. Que dicho error sea tan poco conocido (atención: el número de bajas que acarreó supera a los de la bomba atómica de Hiroshima) es algo sin duda insólito. Tal vez por este motivo (y por la necesidad vital de exorcizar sus dolorosos recuerdos de guerra a través de la escritura) Kurt Vonnegut decidió narrar lo que allí vivió y sufrió. Y lo hace de la forma más complicada posible: confundiendo ficción y realidad, creando un alter ego (Billy Pilgrim) que se encontrará asímismo con su propia persona y que combinará sucesos verídicos con otros producto de la imaginación para acabar demostrando el absurdo de nuestra existencia.

Las miradas al pasado y al futuro, a la vida antes y después de la masacre, serán siempre irónicas, lacónicas y reflexivas, y el peso de la fortuna y del azar logrará equiparar lo demencial del período belíco con los disparates y las paradojas de la vida cotidiana (verbigracia: salvarte de un accidente aéreo y que tu esposa fallezca accidentalmente cuando va a verte al hospital), valiéndose de una enigmática cortina de humo que oculta las consecuencias terribles del bombardeo de Dresde relativizándolas, o sea, comparándolas con esos sucesos extraños que tienen lugar antes y después de dicha acción bélica (e incluyendo viajes en el tiempo y una estancia en el lejano planeta Tralfamadore). Esta estrategia de “no querer contar todo lo que pasó” y perderse en anécdotas que nunca tuvieron lugar bien pudiera deberse al afán de narrador totaal de ficción de Vonnegut (apasionado de la ci-fi y autor de decenas de novelas pulp), pero también podría ser una renuncia a hacer lo más fácil, o una incapacidad de afrontar unos hechos tan dramáticos que lo impulsa a refugiarse en el terreno de la fantasía, sin duda su especialidad. El caso es que todo esto aporta grandeza y complejidad a una obra que logra ilustrar, entretener y hacer cuestionarse muchas cosas al lector. Y si puede parecer en algún momento algo confusa o deslavazada, el propio Vonnegut nos los aclara en el primer capítulo: “si este libro es tan corto, confuso y discutible, es porque no hay nada inteligente que decir sobre una matanza. Después de una carnicería sólo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda silencioso para siempre”. Amén.

He aquí una agriducle colección de relatos que gira en torno a la literatura, el amor, la muerte… En ellos siempre hay un personaje que adquiere una condición mítica, por el misterio que rodea a su figura, por sus acciones o la fuerza que irradia su personalidad. Aunque al final del que más acabamos sabiendo es del propio narrador. De hecho, este vive y se explica gracias a estos personajes. La experiencia ajena (relativamente) nos sirve para descubrir al narrador (que no protagonista) de cada relato. Estos, aparte de estar escritos con tensión y melancolía, llevan en su interior el bacilo del suspense, un suspense que bien puede mantenerse sobre un asesinato (o una muerte), una historia de amor o una simple novela (se reflexiona mucho sobre la propia literatura, su función y su necesidad, además de incluir referencias a otras obras y autores conocidos).

El resultado es el apasionamiento. Uno lee cada historia como si en su final se escondiera la respuesta a todos los enigmas existentes, y necesita llegar ahí. Como en Carver (o incluso Hemingway), una estructura simple oculta algo mucho más complejo: es un chispazo, un malestar, algo que se enciende en nuestro interior cuando leemos las palabras que cierran estos cuentos raros. Es desconcertante y maravilloso a la vez. Quizás no podemos especificar el sentido de lo que hemos leído, el significado, lo que nos ha querido decir, pero lo notamos en nuestro interior, sabemos que instintivamente lo hemos comprendido todo: está ahí, pero no lo podemos expresar o exteriorizar.

Hay un relato que me ha gustado especialmente (hay muchos, pero bueno): es un homenaje indisimulado a la estrela del cine porno John Holmes (y también quiero pensar que un homenaje al cine porno en general). No sólo hace poesía cotidiana en torno a esta profesión, sino que retrata, como quien pinta una puesta de sol o un paisaje crepuscular de incomparable belleza, el ocaso de alguien que perdió la juventud y lo perdió todo en general, pero que aún está ahí, sólo, con sus recuerdos. Su humanidad, incluso su bondad, empapa cada palabra del relato que a él va dirigida (palabras salidas de la boca de otra artista porno). Y uno piensa en los cambios que da la vida, en la importancia del amor en nuestra existencia, la importancia de amar y sentirse amado, de saber que hay alguien más ahí, que alguien más piensa en tí, además de uno mismo. Porque si existimos es porque todavía hay gente que nos recuerda. Ya se sabe que el olvido es la muerte definitiva.

El mayor defecto del libro es la reiteración: Bolaño cambia nombres, situaciones y escenarios, pero la historia y la solución de muchas de sus narraciones son las mismas. Algunos dirán que es coherencia temática, que un libro de relatos necesita un eje vertebrador común para que no parezca una amalgama de historia cogidas al azar. Puede que tengan razón, pero en mi modesta opinión hay aquí algunos cuentitos que son perfectamente intercambiables. Pecata minuta, no obstante, para un libro sugerente y recomendable que acaba imponiendo sus muchas virtudes a estos pequeños defectos.

De Boris Vian siempre me han gustado más los títulos de sus obras que el contenido; como que ofrecían más de lo que finalmente daban: El lobo-hombre, Escupiré sobre vuestra tumba, El arrancacorazones… Sin embargo, con Que se mueran los feos (escrita bajo el pseudónimo de Vernon Sullivan) ha conseguido llenarme de verdad. Sigue siendo igual de provocador, igual de tocapelotas, pero esta vez sin la seriedad de anteriores novelas suyas. Esta es una parodia del género negro que estaba de moda en la época, pero es probablemente mucho más. Empieza como suelen empezar todas las historias policíacas, con un asesinato, una investigación, etc., pero poco a poco empieza a perderse por caminos extraños donde la ironía se pierde para dar lugar al más puro delirio.

Hay que decirlo: es una noevla rara, rara, rara. Tremendamente ácida, corrosiva, malvada, adelantada a su época, chispeante, libérrima como lo pudieran ser en su época films como Casino Royal o What’s new, Pussycat?, Que se mueran… tiene todos los ingredientes necesarios para convertirse en una obra de culto. Es surrealista hasta cierto punto, adictiva e inteligente (hay que ser muy listo para idear un argumento tan descabellado). Si buscas seriedad, te va a decepcionar. Aunque empieza de forma más o menos seria (con la investigación de turno y todo eso), ten en cuenta que hacia la mitad del libro la cosa se desmadra; no intentes atar cabos, porque entonces la historia se caería en pedazos. Lo mejor es dejarse llevar por el encadenado de gags y por la prosa desenfadada de Vian y olvidarse de los sinsentidos y las contradicciones que ofrece la trama (personajes que aparecen y desaparecen sin venir a cuento, situaciones estrambóticas e inverosímiles…). Seguro que a muchos no les gusta, no es un plato fácil de digerir (por infrecuente), pero una novela en la que se experimenta con seres humanos en plan doctor Moreau, en la que los perros pueden hablar, y que termina con una multitudinaria orgía no puede ser mala en la vida.

Seguramente quede relegada a obra menor en el conjunto de su bibliografía, eclipsada por la mítica Escupiré sobre vuestra tumba, pieza salvaje que lo reafirmó como autor de culto y enfant terrible. No obstante, simpre me ha parecido algo irregular la historia de Lee anderson y su particular venganza. No sé porqué, pero la suelo equiparar a Easy Rider, en el sentido de que ambas, novela y película, parecen poco más que un desfile de provocaciones con más o menos gracia, más o menos acertadas, pero no es hasta el final cuando cuando cobran su verdadero sentido. Muy recomendable, por supuesto.

Voy a comentar algo de uno de los tipos más geniales que he leído, Jim Thompson, revitalizador del género negro literario al que aplicó un estilo directo y bestial, que probablemente alcanzara su máxima perfección en 1280 almas, novela perfecta (para mi gusto) y tremendamente cruel sobre los trapicheos y jugarretas que lleva a cabo el sheriff de una pequeña población rural en su afán por ser reelegido en las próximas elecciones. El tipo en cuestión se llama Nick Corey y es, por descontado, uno de los personajes más fascinantes, complejos y memorables que ha dado la literatura; sólo hay que leer sus tremendos monólogos interiores, llenos de sarcasmo y acidez, pero muy lúcidos… Al principio parece tonto pero después pega un cambio, el muy cabrón, y se convierte en una especie de enviado de Dios encargado de limpiar de mierda el pueblo de Potts County, aunque sea necesario para ello manejar a su propio entorno familiar. Mujeriego, vago, insensible y manipulador, es inevitable a veces empatizar con él, sobre todo viendo al resto de personajes, patéticas figuras movidas por la codicia, el deseo, hipócritas y racistas, más simples que el mecanismo de un chupete. No he dicho que el libro engancha desde la primera página, que la prosa de Thompson es sencilla, sin florituras, incluso coloquial, muy adictiva, con diálogos memorables y reflexiones acertadas y osadas. Hay un alto componente de crítica social. Hay un profundo sentimiento de desencanto… Tampoco he dicho que es sorprendente, que está llena de giros. En fin, que está endiabladamente bien escrita y es endiabladamente divertida. Una joya que no os podéis perder.

Sobre Jim Thompson se podría hablar largo y tendido, porque ha llevado una vidad muy movidita. Su padre era sherif y abandonó a su familia cuando Jim era todavía pequeño para hacer fortuna en Méjico, en los campos de petróleo. Tenía sangre indígena (cherokee, concretamente) por parte de su madre, que lo dejó al cuidado de su abuelo, el cual lo iniciaría en la lectura y la bebida: whisky para desayunar y cigarrillos para cenar. Ejerció diversos trabajos: caddy de golf, botones, etc. También trabajó de periodista, publicando chistes y pequeñas comedias en el Forth Worth Press. Llevaba una mala vida, ya se había alcoholizado y con 19 años lo tuvieron que ingresar por depresión nerviosa, tuberculosis pulmonar y delírium trémens. Ya había publicado alguna cosilla cuando escribió la que es considerada su primera gran novela y uno de los mejores retratos de la literatura negra: El asesino dentro de mí.

Luego vendrían otras, como El criminal, Una mujer endemoniada, Noche salvaje, Una chica de buen ver. Es entonces cuando su carrera como novelista sufre un pequeño bajón y decide pasar al terreno cinematográfico de la mano de Stanley Kubrick, que estaba fascinado con “ese comunista, gran bebedor, cuyas novelas rezuman el sudor y la peste de las pensiones baratas”. Así, comenzaron ambos la adaptación de la novela Atraco perfecto de Lionel White, aunque Thompson no apareció como autor del guión, sino de los diálogos adicionales, lo que trajo no pocos problemas. Pese a esto, Kubrick lo solicitó para Senderos de gloria, donde sí aparece como guionista. Gracias a esto, pudo volver a relanzar su carrera literaria, que dio cuatro de sus obras más importantes: Ciudad violenta, La huida (que después sería llevada al cine por el imprescindible Sam Peckinpah), Los timadores (también soberbiamente adaptada al cine por Stephen Frears) y 1280 almas, su última gran novela.

En los años 60, su salud empieza a fallar: sufre embolias, lo operan del estómago, padece hemorragias… Siguió escribiendo, pero la calidad de su producción última no alcanza el nivel esperado. La crítica lo ninguneó injustamente y la fama y el reconocimiento nunca le llegaron plenamente. Al final, el 7 de abril de 1977 muere en su casa de California. Poco antes le pudo decir a su mujer: “Limítate a esperar. Me haré famoso cuando lleve unos diez años muertos” Y tenía razón. Una década después, más o menos, los franceses reivindicaron su figura, y 1280 almas fue el libro escogido por Marcel Duhamel para celebrar el número mil de los publicados en la colección “Série Noire” de Gallimard. Su obra ha influido de forma decisiva en la litaratura y el cine contemporáneo: Barry Gifford, Martin Scorsese, Tarantino… En fin, que si no habéis leído nada suyo, os lo recomiendo encarecidamente.

No sé que me pasa que siento predilección por las historias protagonizadas por niños, especialmente aquellas en las que estos se enfrentan a todo tipo de adversidades y tienen que sobrevivir como buenamente pueden en un medio que les es hostil. Es por ello que me ha gustado mucho Arrancad las semillas, fusilad a los niños, primera novela del nobel Kenzaburo Oé, que narra los avatares de un grupo de adolescentes de un reformatorio que son evacuados a un poblado perdido en lo más profundo del monte debido a la guerra; pero una epidemia obligará a los aldeanos a huir, dejando encerrados en el pueblo a los jóvenes, a merced de la epidemia.

Como en gran parte de la obra de Oé, la guerra que vivió Japón tiene un papel muy importante en la historia, y le sirve al autor para plasmar la sinrazón y la crueldad propias del ser humano. Mientras los niños simbolizan la inocencia y la esperanza, en los adultos sólo se ve odio y amargura. Son los mayores los que libran la guerra, los que matan, los que organizan cacerías en busca de los desertores, pero los que pagan los platos rotos siempre serán los niños. Sólo así se explica que adolescentes, por el mero hecho de robar gallinas o algo para comer, sean tratados como auténticos apestados, como peligrosísimos delincuentes, mientras que los hombres se dedican a matar, degollar y violar sin sentir remordimiento ninguno. Todo esto ya lo expresó Oé en La presa, la nouvelle con que debutó, también protagonizada por niños. En ella había un personaje clave, el soldado negro secuestrado, que se repite con variantes en Arrancad…: ahora es un desertor el que transmite el horror verdadero a los chavales del poblado. Éstos lo mirarán primero con desprecio, como un cobarde que no quiso luchar en el campo de batalla, pero más tarde será comprendido por el líder del grupo y narrador de la historia, en un extraño momento de intimidad en el que ambos parecen niños de verdad, acurrucados en la cama.

El estilo del japonés no está tan depurado como en obras posteriores, pero si por algo se caracteriza es por lo que podríamos llamar (de forma algo pedante) el “arte de sugerir”, rehuyendo lo explícito, sin nombrar las cosas directamente, sino insinuándolas, cuando no dejándolas directamente abiertas. Después también resulta evidente la influencia de El señor de las moscas y de algunas novelas de Twain, como dicen en la contraportada… En fin, que tampoco me enrollo más, simplemente que se lee bien, rápido (son solo unas 150 págs.)y hace pensar; es muy pesimista, eso sí (no deja ningún resquicio para la esperanza), pero merece la pena.

No voy a hablar mucho de este libro, al menos no de su historia. No me apetece. Simplemente quiero decir que Palahniuk es, ahora mismo y sin ninguna duda, quien más y mejor habla del ser humano y del mundo que le rodea. Su nihilismo no tiene nada de vana provocación, y él no es un simple enfant terrible obsesionado con el sexo y con el concepto de posmodernidad, como tantos otros. Es, sencillamente, un agudo observador de la realidad que nos rodea. Un observador que se ha percatado de que estamos inmersos en un apocalipsis de números, convenciones y ataduras, donde el individuo se ahoga, se aliena. Un mundo donde se actúa por inercia, donde las personas esconden sus deseos y anhelos verdaderos y donde se acepta sin remedio, pero también sin rechistar, una vida prefabricada. Un mundo en el que los vaivenes emocionales, los saltos (mareantes, vertiginosos) de la alegría, efímera y pasajera, a la tristeza, nos aturden, nos hieren, y nos dejan con ganas de ser una esponja de mar (porque las esponjas nunca tienen un mal día). Y además llega a una conclusión terrible: todo se desmorona, pero no hay ningún mesías que vele por nosotros. Si no quieres desaparecer, sólo te queda una opción: sálvate a tí mismo. Construye tu vida, sigue tu camino, da igual a donde te lleve. Al fin y al cabo, vas a acabar por fuerza en un sitio mejor. No te rindas, aunque te veas sumido en las ruinas, en medio de la oscuridad.

Está claro que Palahniuk juega en la misma liga que autores como Michel Houellebecq, Breat Easton Ellis o Ian McEwan. Autores que nos revelan verdades absolutas en cada libro, y cuyos equivalentes cinematográficos pudieran ser perfectamente gente como Michael Haneke, Charlie Kauffman o Todd Solondz. Además, nos deja personajes extraordinarios: Victor Mancini, Paige Marshall y Denny se han convertido ya en unos de mis (anti)héroes literarios favoritos. Lo dicho, un libro recomendado para todos los que comprendieron que El club de la lucha era una de las películas más sinceras, modernas y desesperadas del cine reciente, y no una mamarrachada fascista con Brad Pitt. Que cómo calificaría la lectura de Asfixia… Reveladora no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

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